Cuba, España y la soberanía que nos arrebataron
Decir que Cuba debiera volver a ser española —con su soberanía intacta, con su dignidad intacta, con su derecho a decidir intacto— no es una frase de nostalgia colonial ni una pirueta de café en el exilio. Es, más bien, una provocación moral contra el desastre. Es mirar el mapa de la isla, ese lagarto verde tendido entre la Florida y Yucatán, y preguntarse qué hicieron con nosotros los redentores de pacotilla, los libertadores de uniforme, los padres de la patria convertidos en carceleros de sus hijos.
No se trata solamente del idioma español, aunque el idioma sea una patria portátil, una cama de hospital, una cuchara de sopa, una blasfemia y una oración. Los cubanos hablamos español incluso cuando el régimen nos ordenó masacrarlo: reduciéndolo a consignas, mutilándolo con siglas, emborrachándolo de burocracia, empobreciéndolo con la jerga del miedo. Nos dijeron «compañero» hasta vaciar la palabra de compañía. Nos dijeron “pueblo” hasta que el pueblo se volvió cola, apagón, libreta, vigilancia. Nos dijeron «revolución» hasta que la revolución acabó significando obediencia.
Pero Cuba no es española únicamente porque su lengua venga de España. Cuba lo es también por sus cementerios, por sus apellidos, por sus patios interiores, por las vírgenes mezcladas con orishas africanos, por las casas de columnas, por el sostén que ya no alcanza y por la manía de discutirlo todo como si la vida fuera una tertulia al borde del Malecón. España está en Cuba no como una bandera impuesta, sino como una capa geológica: debajo del azúcar, del tabaco, del bolero, de la guagua, de un andar de guarapachosa, y del pregón.........
