Nos gusta tanto Madrid

Querer escribir sobre Madrid es como tratar de garabatear unos versos sobre la pasión amorosa y pretender que sean originales. Alguien ya lo habrá hecho antes y mejor.

De la Villa y Corte han escrito desde Quevedo, entrando por Galdós y tocando Sabina hasta llegar a Andrés Trapiello. Todos han aportado su particular corolario. Porque nadie vive una ciudad de la misma forma, o no hay dos personas que la interpreten igual, teniendo en cuenta que lo que nuestro cuerpo y nuestra mente retienen de una urbe es lo que hemos vivido en ella. Lo que nos ha pasado, y lo que no. Lo que ganamos y lo que nos dejó a deber, a un futuro que se llenó de despedidas, o aquel pasado que pertenece al recuerdo de una época ya cerrada.

Creo que he vivido de todo en Madrid. Y conocido desde la superficie ruidosa hasta algunos de sus más íntimos rincones. Sientes que es la más luminosa de las ciudades cuando el tiempo acompaña, el cielo tiene ese azul metálico intenso y tu corazón y tu vida parecen haberse puesto de acuerdo para asentarse en una perpetua primavera. Qué noches las de aquellos días, etcétera. Pero también puede ser un lugar muy jodido si tu estado de ánimo es cercano a la desolación, si la angustia se pierde entre avenidas y ruidos de motor, sintiendo que te ahogas en esa inmensidad despersonalizada, con el alivio del mar a tantos kilómetros de distancia, y la marea sólo trae las resacas de los tragos destemplados.

Madrid necesita que estés demasiado dentro de ella para encontrar la verdadera esencia, y hay quien sólo consigue rozarla. Estar de paso no es realmente una forma de estar. Ahí sólo se puede........

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