Mujeres y feminismo

Llega el aquelarre feminista del 8M metiendo codo este año para lograr la atención mediática que está mayormente con la tercera guerra mundial y con las cosas de comer. Pero el lobby morado nunca desiste de darnos la murga habitual y recordarnos lo perseguidas y terriblemente discriminadas que están las mujeres hoy en día; esas mujeres que presiden naciones, instituciones supranacionales, tribunales, universidades públicas y privadas, y multinacionales de todos los sectores productivos. Mujeres que pueden hoy, por primera vez en la historia, meter en la cárcel a hombres sin pruebas de que éstos hayan delinquido.

El feminismo podemoide es tan alérgico a la razón como el socialismo: por eso siempre estarán tan íntimamente unidos. Escuchar a Irene Montero, a Ione Belarra o a Yolanda Díaz es comprobar hasta qué punto lo emocional (debidamente aderezado con la ideología más asesina de la Historia) es capaz de barrer hasta la última neurona sana, y convertir el cerebro en una hipófisis de kilo y medio. No es que no se pueda debatir con ellas, es que necesitan cerrarse en su pequeño universo doctrinal para que el sentido común no les desbarate sus múltiples chiringuitos, pagados todos con el dinero de ustedes y mío, queramos o no. 

El feminismo ideológico cuya raíz es izquierdista ha encontrado en la derechita del charrán turulato un excelente partenaire: los guardiolos de la vida tienen como principal labor introducir en las meninges de su electorado todas las obsesiones psicológicas del socialismo para darles apariencia de normalidad y de modernidad. Ser ateo, feminista, transexual, therian o anfetamínico es lo guay, lo moderno y demócrata, lo sofisticado; y quienes no militamos en dichas taras pertenecemos al mundo búmer que ha de ser eliminado de la faz de la Tierra, como desaparecieron en su día nuestros amigos los dinosaurios. 

Miren si no a Silvia Abril, pareja sentimental del divo televisivo Andreu Buenafuente, que como buena heredera del «clan de la ceja», tras la gala de los Goya, se compadeció de los millones de jóvenes que hoy creen en Dios, en vez de creer en Cristina Fallarás, por ejemplo. O en Alba Flores. Como buena filósofa urbana, Abril nos hizo notar que «no es lo mismo místico que cristiano», algo en lo que no habríamos reparado de no ser por ella. Y aunque le gustó la película «Los domingos», dijo con toda rotundidad: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano». Impresionante. Imposible de refutar. No me extraña que representen a la cultura y las letras.

Menos mal que, como todos los años, la ACdP viene al rescate de la inteligencia y en otra campaña brillante, que se puede disfrutar en numerosos puntos de las ciudades, opone a ese modelo ideologizado y casposo que propone la progresía, el modelo inequívocamente nuestro. No el nuestro de La Gaceta, ni de una parte de la derecha sociológica, sino el español y por lo tanto el católico. Frente a las Inés Hernand y Elizabeth Duval, nosotros proponemos a María Santísima, Juana de Arco, Isabel de Castilla, Teresa de Calcuta o Santa Mónica (madre de San Agustín). Mujeres de carácter y de principios; mujeres que fueron decisivas en la Historia muchos siglos antes de que se inventase el feminismo.

A su feminismo morado, que necesita enfrentarse con los hombres para encontrar su sitio en el mundo, los cristianos a los que Silvia Abril aborrece proponemos la femineidad, tan maravillosa que sólo podía ser obra de Dios. Las mujeres que levantan a sus familias criando a sus hijos para que sean personas de bien; las mujeres que aman a sus esposos porque saben que darían la vida por ellas. Las mujeres del sentido común, que huyen como de la peste de esta secta podemita acartonada y fea, tan esclerótica como su raíz política. Nosotros somos «feministas» de las mujeres con las que nos encanta compartir nuestras vidas. 


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