Más cuerpo que Cuerpo

La última «crisis de Gobierno» (así le llaman ahora a cambiar a un par de ministros) ha servido para despedir del Ejecutivo a María Jesús Montero, alias Mopongo, como la gran estadista que es. «La mujer con más poder de la democracia», en autodefinición, deja la democracia (es decir, nos deja huérfanos) para volver a su Andalucía natal a tratar de derrotar a Moreno Bonilla, quien a su vez es un socialista dentro del PP. No me digan que no es maravilloso.

Sánchez lanzó hacia Montero los elogios que merecía la ocasión; dijo que era «el mejor político que había conocido en su vida», y la hizo responsable de la «magnífica» marcha de nuestra economía. Una economía con una tasa de desempleo del 10% y casi tres millones de personas sin trabajo (en cifras oficiales), con una inflación real disparada y con los sectores primario y secundario absolutamente devastados. Pero mire, oiga, señor fascista: los genios de la política son así. No vamos a pedirle a doña Marisú que, además de su gracejo natural y su don de gentes, también haga bien su trabajo.

Llega al cargo de superministro de Economía y vicepresidente primero el émulo de Sánchez, Carlos Cuerpo, que ha sido calificado por algunos periódicos como «un tecnócrata». Ullastres baja, que sube Carlos. La tecnocracia, artífice de los planes de estabilización y desarrollo de España en sus mejores décadas del siglo XX, sirve ahora para definir a un perrito faldero del presidente, un percebe de la política que aspira a heredar el sillón que dejaría vacío el esposo de Begoña si finalmente la cosa judicial se le complicase del todo.

Sánchez es, probablemente, el único hombre de España que cree que tiene más cuerpo que Cuerpo, si bien esa anatomía (especialmente el rostro) empieza a acusar dramáticamente las consecuencias de la campaña que la derecha y la ultraderecha le han organizado en los medios, según dice él. Su nuevo vicepresidente, nueve años más joven, es un poco el Sánchez del rajoyismo, el Sánchez pre-Begoña: en su peso, sin ojeras, y sin ese rictus cadavérico que el inquilino de La Moncloa muestra cada vez que trata de sonreír. El rictus que le recuerda cada mañana, en el espejo, que profanar tumbas nunca ha salido gratis.

Debuta como ministro en este Ejecutivo feminista y pro-iraní el también economista Arcadi España, que no Espada; otro abrazafarolas del PSOE, sin más mérito que haber sido totalmente fiel a sus jefes (en este caso, Ximo Puig). Llega para hacerse cargo de la Hacienda pública, es decir, para seguir asfixiando a impuestos a las clases medias, echando a patadas a los jóvenes de España y arruinando cada día más a los mayores pensionistas. Arcadi, eso sí, va a ser la única España que va a haber en este Gobierno traidor, lo cual se me antoja ligeramente esperanzador. Aunque no mucho. 

La única «crisis de Gobierno» que espera la mayoría de los españoles es la de su desaparición. Solamente cuando nos hayamos librado de esta lacra, y de su sombra bipartidista con sede en Génova, podremos valorar adecuadamente el grado de maldad y corrupción moral de sus miembros. Solamente cuando podamos tomar un poco de distancia con el drama que estamos padeciendo seremos capaces de evaluar el daño inmenso, terrible, que Sánchez y sus cuerpos adyacentes han provocado a lo que queda de España.


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