Miseria del moralismo

La política exterior no consiste en formular juicios morales sobre las naciones o hipótesis filosóficas sobre el orden del mundo. Estas son actividades sin duda muy nobles y necesarias, pero tienen su lugar propio, que no es exactamente el de la política (son más bien elementos auxiliares). La política, por definición, concierne al gobierno de la polis y en consecuencia ha de subordinarse a un sujeto concreto que es una polis determinada y bien definida: un Estado, una nación. Como es política, debe orientarse a garantizar la supervivencia y eventualmente la prosperidad y el poder de esa polis. Y como es «exterior», ha de desplegarse en el contexto de las relaciones con otras naciones. El primer término, el de la política, determina al segundo, el de las relaciones: será amigo todo aquel cuya alianza contribuya a la supervivencia y la prosperidad de la nación de uno, y será enemigo todo aquel que represente una amenaza para ellas. No hay más.

Todas estas cosas deben situarse lo más lejos posible de las consideraciones de orden ideológico, incluso moral. Por supuesto, siempre es más fácil buscar alianzas con aquellos que te resultan moral o ideológicamente más próximos, o tomar partido por aquellos contendientes que te resulten más «agradables en un conflicto exterior. Pero la pregunta que el político debe hacerse no es quién resulta más simpático o, aún menos, quién es el «bueno» en un conflicto, sino qué posición o qué alianza resulta más provechosa para mi país. Esta no es una pregunta abstracta, sino que se materializa en realidades muy concretas: qué decisión beneficia más a la seguridad de mis fronteras, a la potencia de mi ejército, a la pujanza de mi economía, al bienestar de mis ciudadanos, a la proyección futura de mi nación…

Es perfectamente imaginable una situación en la que un aliado de uno, en un conflicto ajeno, ocupe una posición moralmente inferior a la de su enemigo. El filósofo o el moralista (o el demagogo) serán entonces muy libres de expresar su preferencia por este último, pero el político, para ser digno de ese nombre, deberá estar dispuesto a apoyar la posición moralmente inferior si el resultado es que ello beneficia a la propia nación, porque aquí lo determinante no es salvar el alma del político, sino salvar el interés concreto de los ciudadanos a los que ese político se debe. La entrega del alma es siempre uno de los peajes más caros del político. Eso ocurre porque aquí el criterio para distinguir lo bueno y lo malo no es la posición personal del político, sino su efecto (bueno o malo) en la nación. Weber sintetizó ese dilema en la contraposición entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad: la ética de la convicción te conduce a defender aquello que crees bueno, pero la ética de la responsabilidad, que debe ser la actitud propia del político, ha de conducirte a defender aquello que sea objetivamente bueno para tu comunidad aunque violente tu conciencia. Seguro que al lector se le ocurren mil ejemplos.

Hay que insistir en que todo esto no son abstracciones, sino que es posible medir el acierto o desacierto de una decisión con baremos muy concretos: qué beneficia o perjudica a mi país en materia de seguridad, independencia, riqueza, etc. Y uno tiene que estar en condiciones de mantener esa decisión incluso si la presión de la opinión pública te empuja en sentido contrario. Todo esto no significa que sólo haya una política exterior posible: es también perfectamente imaginable una situación en la que quepa el debate acerca de qué decisión reporta mejores efectos en materia económica o de seguridad o de influencia a largo plazo. Lo esencial es que, a la hora de determinar una política exterior, los criterios en torno a los que se ordene el debate sean estos, y no otros.

Un par de consideraciones más sobre la cuestión moral. La primera: una de las razones por las que el criterio moral debe ser poco relevante, en política exterior, es que con frecuencia cualquier decisión adoptada en nombre de principios morales despliega efectos nocivos desde el mismo punto de vista moral. Por ejemplo, hoy existe un amplio consenso en Occidente sobre el hecho de que era moralmente necesario apoyar al comunismo soviético en su lucha contra la Alemania de Hitler, pero es un hecho que la victoria del primero y la derrota del segundo significaron la implantación de tiranías aún más terribles en media Europa y en China. ¿Significa esto que no había que hacerle la guerra a Hitler? Bueno… significa, simplemente, que los criterios de carácter moral siempre resultan problemáticos y que por sí mismos no pueden ser considerados criterio mayor de la acción política exterior.

La segunda consideración sobre la cuestión moral es esta otra: demasiadas veces, en política, los principios morales actúan como simple envoltorio retórico de la decisión, una máscara por así decirlo, porque son más apropiados para suscitar la adhesión emocional de las multitudes y así ocultar las verdaderas razones —buenas o malas— del político, y por eso deben mover a desconfianza (sobre todo cuando el político en cuestión no se caracteriza por la rectitud moral de sus actos). Por lo demás, suele ocurrir que la decisión puramente realista y, en ese sentido, materialista, resulta a la larga moralmente mejor. Pensemos en la postura española en 1914, ante la primera guerra mundial: todo el establishment nacional era firme partidario de entrar en la guerra al lado de Francia e Inglaterra, y hay que leer a los intelectuales más influyentes de entonces (Ortega, sin ir más lejos) para calibrar la enorme presión que se ejerció sobre el Gobierno. La entrada en la guerra era mostrada como la única opción moralmente válida. El Ejecutivo de Eduardo Dato, sin embargo, evaluó la cuestión desde un punto de vista puramente práctico, material, y optó por la neutralidad. Aquello le valió críticas feroces del propio sistema (pensemos en la vehemencia de un Romanones), pero hoy nadie duda de que fue la decisión correcta, porque ahorró a España decenas de miles de vidas. A veces la decisión moralmente correcta no es la que a primera vista parece.

Todas estas reflexiones vienen a cuento, naturalmente, de la guerra que hoy se libra en Irán, pero valen para cualquier otro escenario, y lo mismo para un país grande que para uno pequeño. Hoy tenemos los periódicos llenos de consideraciones morales, pero rarísima vez escuchamos alguna voz que se pronuncie en términos desnudos de interés nacional, quizá porque ya apenas nos va quedando nación. No hay política posible cuando ya no hay polis. Pero sin polis, sin nación, ¿qué importancia tiene ya cualquier consideración moralista, más allá del desahogo individual?


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