El rey, la conquista y los abusos

El mandarinato cultural nunca lo reconocerá, pero el acontecimiento mayor en la cultura española del último cuarto de siglo ha sido —está siendo— la reapropiación de la Historia nacional por un sector creciente de la sociedad. El último resbalón del Rey a propósito de la conquista de América ha sido un perfecto ejemplo de eso. Hace sólo veinte años, el episodio habría pasado sin pena ni gloria, quizá sólo comentado por la exigua minoría de los «concienciados». Hoy, por el contrario, la mera aparición de la palabra «abusos» en labios del monarca ha sido recibida como una ofensa por innumerables españoles, y de ahí que haya saltado al rango de polémica nacional. Esto es una excelente noticia: no ciertamente por la reacción contra el Rey, que con frecuencia ha sido bastante irracional, sino porque demuestra hasta qué punto ha crecido la identificación de los españoles con su propia historia. Si alguien pensó alguna vez que el instinto patriótico había desaparecido, se equivocaba. Hay tierra para cultivar.

Todos sabemos, por supuesto, que hubo abusos en la conquista de América. «Como en cualquier otra conquista», suele decirse. No: en realidad, muchos menos que en cualquier otro proceso del mismo género. El mero hecho de que se considere como «abusos» determinadas prácticas que en otros casos (romanos, árabes, ingleses, etc.) no se cuestionan, ya da fe de hasta qué punto no hablamos de la norma, sino de la excepción. La norma en la conquista española de América fue la permanente preocupación del poder por evitar los «abusos». Por eso los conocemos. Nadie legisló sobre la materia tanto ni tan profusa ni continuamente como la Corona española. En mi libro No te arrepientas me extiendo largamente sobre ello y en La cruzada del océano ofrezco numerosos ejemplos de cómo los abusos fueron castigados, frecuentemente con gran severidad. Así que lo que dijo el Rey no era mentira, lo que pasa es que lo dijo en el peor contexto posible y de una forma profundamente obtusa, hasta el punto de dar a entender lo contrario de lo que aparentemente quiso decir. Hay quien sostiene que no, que la arrancada regia sobre la materia tenía por objeto precisamente dar la impresión de que, de algún modo, se pedía perdón. Es posible. Sea como fuere, eso ya es lo de menos. Y quedémonos con lo mejor: la reacción popular. Pie en pared.

Desde hace más de medio siglo la sociedad española viene siendo obstinadamente adoctrinada en el odio de su propia identidad histórica. Eso se está acabando. El poder sigue insistiendo en la predicación de la endofobia, del odio a sí mismo, pero cada vez hay menos oídos dispuestos a escuchar. En esto, como en tantas otras cosas, el poder va por un lado y la gente va por el lado contrario. Y es natural, porque nadie puede vivir odiándose a sí mismo. Si cabe aún alguna posibilidad de reconquistarnos, de recuperar la conciencia de lo que somos, la tarea ha de empezar precisamente por aquí.

En cuanto al Rey, sólo una cosa: La Zarzuela tendrá que entender alguna vez que la Corona no es sólo un símbolo institucional, sino, ante todo, un símbolo identitario. Lo que la Corona representa es la continuidad de la nación. Pero entiéndase bien eso: no es que la Corona garantice la existencia de la nación, como suelen pensar los monárquicos de corte, sino al revés, es la nación la que garantiza la supervivencia de la Corona. Sin nación española, o con una nación desconstruida en términos confederales o plurinacionales, la corona tal vez podría seguir existiendo y adornar con sus brillos la frente de turno, pero habría perdido todo su valor porque ya no significaría nada. No es otra su razón de ser.


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