menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El lado correcto de la Historia

24 0
17.03.2026

Dentro del almacén de topicazos que llena las despensas retóricas del «politiqués» ha entrado la expresión «el lado correcto de la Historia». Ya la emplea hasta Yolanda Díaz. Es una fórmula de una soberbia sin límites, también un poco cómica: va uno a defender lo que ha hecho y no dice que es bueno, o que es lo razonable o lo técnicamente adecuado, sino que se coge uno a sí mismo, se pone en la perspectiva de la evolución del género humano, se otorga un papel protagonista en el devenir histórico de la humanidad y resuelve, feliz, que está en «el lado correcto». La frase llama la atención porque implica, entre otras, tres consideraciones altamente discutibles. Una, que la Historia tiene dos lados, el correcto y el incorrecto. Otra, que el individuo —el individuo egregio, yolandesco, cabría decir— es capaz de identificar cuál es el lado correcto en cada momento, sin duda por algún tipo de talento específico. Y sobre todo, que la Historia tiene un sentido en sí misma, es decir, que va hacia algún lado concreto, y que por eso es posible discernir un lado correcto y otro incorrecto.

La idea de que la Historia va hacia algún lado «bueno» y que nos empuja siempre hacia lo mejor es la matriz misma de la fe progresista. En realidad, es una secularización de la idea cristiana de salvación. Explicó San Agustín que, frente a los «ciclos desconsolados de los filósofos antiguos», Cristo nos había enseñado que la Historia tiene un final y que ese es la Parusía, o sea, la segunda venida de Jesús y el establecimiento pleno del Reino de Dios. Pero esta es una visión esencialmente religiosa. Cuando la modernidad expulsó a Dios de la ecuación, lo que nos quedó es una Historia que se dirige siempre hacia lo alto por la propia fuerza autorredentora del hombre. La Historia se convierte así en algo más que un curso temporal: es un perpetuo campo de batalla donde ha de triunfar el bien (el «lado correcto») sobre el mal, y en realidad todo el problema consiste en definir qué es aquí cada cosa. Ben Shapiro, en un libro de ese título, piensa que el «lado correcto» es el de la civilización occidental y los valores judeocristianos. Ahora bien, eso es porque Shapiro parte de una idea preconcebida de cuál es el final recomendable para nuestro camino. Hegel pensaría otra cosa. Pero no cometeremos aquí la descortesía de hablar de Hegel. Al final, la cuestión es la que planteó Karl Löwith: si acaso tratar de encontrar en la Historia el sentido de la propia Historia no es, de algún modo, como naufragar y esperar salvarse agarrándose a las olas. Y en términos más elementales: si la idea de progreso, hablando de lo humano y no de lo divino, es verdad o es mentira.

El teórico más reconocible de la idea de progreso es sin duda el filósofo Nicolás de Condorcet (1743-1794). Un tipo extraordinario, de mente penetrante y curiosidad infinita, aunque quizá demasiado condicionado por su educación jesuítica, que le hizo tenazmente anticlerical. Condorcet estaba convencido de que la humanidad progresaba sin límite gracias a la razón y al espíritu de los «filósofos», o sea, de los ilustrados (o sea, del propio Condorcet). Cuando la Revolución, se metió en política al lado de los girondinos. Y cuando ganaron los jacobinos, tuvo que esconderse para que su amuebladísima cabeza no quedara abruptamente separada del cuerpo. Allí, en su encierro, escribió su célebre «Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano» mientras, en el exterior, asesinos que proclamaban las mismas ideas que Condorcet perpetraban el primer gran genocidio de la política moderna… en nombre del progreso. Condorcet murió en su escondrijo. Dice una leyenda piadosa que fue por la tuberculosis. Más bien parece que se suicidó con veneno. Murió, eso sí, persuadido de haber descubierto «el lado correcto de la Historia».


© La Gaceta