Ser blanco es peligroso

Era un gélido atardecer de enero de 2003 cuando el que suscribe y mi septuagenario padre paseábamos por las desiertas calles de Huningue, pequeña ciudad alsaciana de la periferia de Basilea, en la orilla francesa del Rin. De repente, un par de bolas de nieve nos pasaron rozando. Me di la vuelta para descubrir a tres o cuatro africanos que, con gestos amenazadores, nos gritaban «¡Blancos de mierda, os vamos a matar!». El prudente autor de mis días se alzó el cuello del abrigo y me dijo: «Calla y sigue andando». Afortunadamente, menos de un minuto después aparecieron nuestros compañeros de trabajo y entramos en el restaurante donde habíamos quedado para cenar. «Luego se extrañan de que cada vez más gente vote a Jean-Marie Le Pen», sentenció uno de ellos que, por cierto, era concejal socialista en su pueblo de Lombardía.

Más o menos por la misma época, un amigo me había hablado de una vecina de su barrio, muy izquierdista ella, que le afeaba sus opiniones poco favorables a la inmigración. Tras unos cuantos años sin verla, volvió a encontrársela. «¡Qué razón tenías! Es más, te quedaste corto. Ahora........

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