Incoherencias antioccidentales

Eso que hoy llamamos Occidente ha tenido muchos nombres. En siglos pasados fue conocido como la Cristiandad, conjunto de los países que se distinguían de los demás del mundo por la fe cristiana de sus habitantes. También fue conocido como Europa por su evidente ubicación geográfica, pero su expansión por los siete mares y los cinco continentes exigió un nuevo término que incluyese las prolongaciones europeas de ultramar, especialmente en América y Oceanía. Y de ahí vino la referencia al oeste. Desde muchos puntos de vista podría considerarse que Japón también es Occidente a pesar de encontrarse en el Extremo Oriente y de no coincidir ni racial, ni cultural ni religiosamente con la vieja Europa. Y también podría sostenerse que, en mayor o menor medida y en unos u otros aspectos, casi todo el mundo es hoy Occidente, o al menos aspira a serlo.

Pero si hay una característica que define al Occidente actual es que se trata de esa parte del mundo que, a pesar de ser la más próspera con enorme diferencia, alberga un porcentaje muy elevado de personas que lo odian y que se rechazan a sí mismas por su condición de occidentales. Renunciemos a clasificarlos ya que cualquier etiqueta se quedaría corta e inexacta. Pero hay algo en el fondo de todos ellos que los une, algo oscuro, patológico y autodestructivo. Endofobia se llama la cosa.

Lo más interesante de todos ellos, sin embargo, es su incoherente comportamiento, puesto que no se adecúa a sus ideas y sentimientos. Por ejemplo, muchos acusan a Occidente de su pasado esclavista, pero ninguno de ellos recuerda que fue precisamente Occidente la porción del mundo que abolió la esclavitud y que obligó a las demás a abolirla, a menudo a tiros, además de que nunca lanzan sus acusaciones esclavistas más allá de las fronteras occidentales, como si sólo los blancos hubieran tenido esclavos.

Muchos de esos endófobos acusan a Occidente de homófobo, misógino, falócrata y heteropatriarcal. Deben de viajar poco, porque jamás saldrá de sus labios una sílaba de crítica a esas partes del mundo en las que la mujer está efectivamente oprimida y en las que los homosexuales corren peligro de muerte por serlo. Pero esos países, por no ser cristianos, son tenidos por progresistas.

Son todos muy blancófobos a la vez que islamófilos y negrófilos, pero nunca se verá a ninguno de ellos emigrando a un país musulmán o al África negra.

Todos ellos odian el cristianismo por considerarlo una superstición ridícula que ha originado una sociedad de moralidad asfixiante, pero ninguno de ellos se ha mudado a Arabia Saudí o a Pakistán.

No pocos de ellos presumen de ser comunistas o similares y condenan el capitalismo explotador, pero, inexplicablemente, no se han ido a vivir a Cuba o Corea o a ningún otro paraíso comunista.

Y más allá de sus fronteras sucede lo mismo. Todo el mundo no occidental odia a Occidente por los mismos motivos por los que lo odian los occidentales endófobos: los musulmanes, por cristianofobia; los negros, por rencor hacia el supremacismo blanco; los de los países pobres y caóticos, por su riqueza y orden; los de todas partes, por venganza contra el colonialismo, etc. Y sin embargo, todos ellos quieren abandonar sus respectivos hogares para instalarse en Occidente.

De este modo, entre los antioccidentales de dentro y los de fuera no tardarán en convertir el odiado Occidente en una parte más de lo que ellos aman y de lo que, paradójicamente, huyen. Y cuando hayan conseguido forjarlo a su imagen y semejanza por sometimiento y desaparición de los occidentales, lo van a disfrutar…


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