No a la guerra: viaje a 2003
Veintitrés años después el PSOE vuelve a recurrir a los actores y al ‘no a la guerra’ para recuperar la iniciativa asfixiado por la corrupción, las derrotas electorales, los trenes que descarrilan y unos servicios públicos colapsados por la inmigración. Sánchez apuesta su futuro en la Moncloa a una confrontación retórica con Trump. Una pantomima, una engañifa para incautos —su parroquia más visceralmente antiyanqui—, un indisimulado control de daños como demuestran los cabeceos otaneros de Margarita Robles ante el embajador gringo. No a la guerra, pero las fragatas van camino de Chipre.
A estas alturas creer en el antiamericanismo del PSOE es tan pueril como invocar el patriotismo del Gobierno porque Óscar Puente haya escogido la rojigualda de foto de perfil. Sánchez quiere llevarnos a la primavera de 2003, a los disturbios en las calles que anticiparon los escraches y la detonación de la jornada de reflexión del 11-M. Cuando la izquierda afloja los saltimbanquis aprietan, que es lo que entonces hicieron Willy Toledo y Alberto Sanjuán y la semana pasada Tosar, solo que ahora con la palestina en la solapa, y Susan Sarandon, que elogia la lucidez moral (sic) de Pedro Sánchez.
La primavera está a la vuelta de la esquina y esta función ya la hemos visto, y por más que Financial Times regale a Sánchez titulares como némesis de Trump, dos décadas después ya sabemos de sobra que el pacifismo de pegatina y pancarta es una burda patraña. Desde el PSOE hasta Podemos todo es pura pose. Ahí está el Kichi (chirigotero, profesor dos años de baja, liberado sindical…), que cabalgó gustoso sus contradicciones cuando se enfrentó al dilema entre fabricar armas o comer. Kichi llegó a la alcaldía de Cádiz y defendió el contrato de Navantia con Arabia Saudí para la construcción de corbetas en los astilleros de la bahía gaditana. No puede recaer la paz mundial sobre Cádiz, las familias no se pueden ir al paro… Kichi se excusó abrazando la realpolitik ante los suyos, los mismos que ahora cantan el Imagine. Veamos quiénes son. La industria armera en el País Vasco tampoco exporta caramelos de limón, igual sería interesante preguntárselo a Bildu que estos días invoca los derechos humanos de los iraníes.
Otro pacifista de relumbrón es Zapatero. Habla de legalidad internacional y del consejo de seguridad de la ONU. De Gaza, Irán y Ucrania, que ya tiene su gracia que entonen el ‘no a la guerra’ quienes quieren que construyamos un búnker en casa y tengamos un kit de supervivencia. Rusia no puede con Ucrania, pero insisten en que Putin podría atacar Albacete. Por si acaso, yo no me metería demasiado con el oso ruso, que cada siglo tiene la costumbre de desfilar en las principales capitales europeas (París, 1814. Berlín, 1945). Falta Bruselas.
Recuerdo que cuando Bush invadió Irak, en Nueva York dejaron de llamar french fries a las patatas fritas en represalia a la postura de Chirac. El polvo de los escombros de las torres gemelas aún flotaba en el ambiente y la ira popular no perdonó la traición francesa: os salvamos en Normandía. España sí apoyó a Estados Unidos, pero Aznar jamás nos ha explicado dónde están las armas de destrucción masiva que usaron en las Azores como coartada para la Operation Iraqi Freedom.
Viajar a 2003 es un ejercicio de nostalgia. Los adolescentes que entonces hacíamos primero de bachillerato nos topamos con la primera gran campaña de propaganda y agitación callejera de la izquierda del siglo. Una movilización en las calles sin precedentes desde la Transición. Almodóvar subía al escenario en la Puerta del Sol y los curas de mi colegio nos sacaban a la explanada del estadio del Betis a guardar un minuto de silencio, aunque yo siempre sospeché que era por la victoria del Sevilla en el derby jugado días antes en Heliópolis.
El caso es que esta opereta de pacifismo cañí ha tenido momentos delirantes. Nuestros patriotas tuiteros más basados, comodísimos en la marginalidad, cayeron rendidos ante el giro soberanista de Sánchez. Por fin un Gobierno patriota que no se arrodilla ante la Casa Blanca. Honor. Aprended, lacayos. Tomaremos Washington.
Pero no tan rápido. Horas después de la declaración institucional de Sánchez un avión C-17 americano despega de Rota, reposta en Sicilia y aterriza finalmente en Arabia Saudí. Después la ministra Robles anuncia que el buque Cristóbal Colón escoltará al portaviones francés Charles de Gaulle, que menudo desfase espacio-temporal. Ah, y un par de datos sin importancia: Estados Unidos tiene dos bases militares en suelo español y suministra el 30% del gas que España consume. Hasta ahí todo sobre nuestra soberanía.
En pocas horas se rompe el hechizo patriota del Gobierno. Quién podría imaginarlo, si es Pedro Sánchez mintiendo.
