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Menos lobos, Caperucita

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11.03.2026

Estoy hablando muy poco de política últimamente. Mi impresión es que estamos empantanados en un impasse. Lo importante está por pasar, pero no pasa todavía. El otro día contaba a unos jóvenes letraheridos escandalizados que no es sólo que no le tenga miedo a los spoilers, sino que los agradezco. En cuanto empieza a interesarme una novela, corro al final y leo sus veinte últimas páginas. Ya sin la ansiedad de ver cómo acaba, puedo disfrutar de los amenos meandros de la narración.

Sólo me importa cómo acaben las negociaciones entre el PP y Vox en Extremadura y en Aragón. Creo que esos acuerdos pueden ser lo más trascendente de la política española en muchísimo tiempo. Además, que esté tardando en salir la fumata blanca es una señal estupenda. Significa que la negociación está siendo enconada, esto es, que está siendo una negociación y no una pachanga entre colegas. Que los cañones mediáticos y los vitriolos virales estén tan activos demuestra un febril estado de nervios: señal de que estamos ante un acuerdo (o un desacuerdo) trascendental. Un pacto muy fácil no sería un parto.

Estos pactos están llamados a ser un punto de inflexión en la línea continua que ha seguido la política española desde la Transición. El PP, en parte por la inercia y en parte por sus compromisos con los socialdemócratas en Europa, se resiste y se resiente. Hay que entenderlo.

Si Vox es capaz de vencer esa resistencia —en algunos puntos: lo importante es romperla—, será un hecho inédito. Quizá desde fuera parezca «el pacto de los montes», pero romper una línea continua introduciendo varios puntos de inflexión sería insólito. Cuando cambia la marea son sólo unos pocos centímetros, pero el mar ya ha empezado a retirarse y lo que toca (en unas horas) es la bajamar esplendorosa.

¿Y si no hay pacto? Eso sería peor que un pacto bueno, pero mucho mejor que un pacto malo. Como decía don Antonio Machado por boca de su Juan de Mairena: «Entre hacer las cosas bien y hacerlas mal… hay un término medio, a veces aceptable, que consiste en no hacerlas».

Con todo, lo normal es que haya pacto, y bueno, porque Vox, con las encuestas de cara y habiendo conectado con un electorado muy vigoroso, puede mantenerse en sus trece, y porque el PP, se ponga como se ponga, tiene muy difícil ir a nuevas elecciones diciéndole a sus votantes que no han pactado por negarse a cosas que quieren con la misma voluntad que los votantes de Vox: bajada de impuestos, apoyo al campo y a la industria, política real de vivienda, rechazo de la ideología de género, control de la inmigración ilegal, esquinazo al adoctrinamiento LGTB, carpetazo a la memoria histórica…

A poco que las cosas sigan su accidentado curso, la política española práctica va a cambiar como no había hecho desde hace decenios. Comprenderán ustedes que ante este posible desenlace yo esté ya aburrido de prolegómenos, regates a uno mismo, trampas al solitario y trucos virtuales. Estoy deseando saber cómo queda todo. Cuando me aburro de los tiras y aflojas, me recito el poema «La mentirosa» de Luis Alberto de Cuenca como un conjuro, mutatis mutandis, para que se acaben ya los rollos de una vez: «Tienes hora para ir al ginecólogo, / te duele la cabeza, te ha sentado / algo mal o preparas un examen, / es el santo de Marta, los gemelos / se aburren sin salir o Macarena / te ha invitado a bañarte en su piscina… / ¡Qué mal mientes, amor! Si no te gusto, / dímelo. Pensaré en un buen suicidio. / Pero si quieres verme, y tus excusas no son más que un vulgar afrodisíaco / para que se mantenga mi deseo, / invéntate otros juegos, vida mía, / que el premio del engaño es el olvido». Donde el poema dice «un buen suicidio», la política traduce: «Pensaré en ejercer una feroz oposición». La invitación a dejarse de juegos, sin embargo, es literal.


© La Gaceta