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Apuntalar nuestra casa

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20.02.2026

Es un rasgo característico de las épocas de declive la costumbre de apelar a cualquier elemento que sirva para ralentizar la caída. Cuanto más activas se muestran las fuerzas de la disgregación, con mayor frecuencia se elevan voces que ponen el énfasis en la salvaguardia de lo que nos une. En medio de la refriega, esas voces adquieren un inevitable timbre de resistencia. Son —valga la analogía— como los vecinos de un edificio a punto de derrumbarse que, haciendo oídos sordos a las advertencias de los agoreros, se quedan hasta el último momento en el interior de sus casas con el propósito de apuntalar la estructura. 

Puede que ese sea por el motivo por el que en los últimos años se escucha tanto hablar de civilización occidental, de cultura occidental, de Europa y de las tradiciones de los pueblos europeos. Hay un floración de sintagmas que apuntan, con más o menos acierto, hacia el mismo núcleo de significado. Se lucha por insuflar nuevos bríos a una criatura que se percibe a un paso de su agotamiento. Se constata la pérdida inmensa que supondría dejar morir una realidad que acumula más de dos mil quinientos años de logros deslumbrantes y se teme el vacío que sobrevendría a su extinción.

Pero no existe la noción de vacío en el proceso que conduce al ocaso de las civilizaciones. El hueco que deja una cultura es ocupado por otra. A un pueblo moribundo le sustituye otro más pujante. Es algo que la historia nos enseña. Sin embargo, desde hace tiempo la conciencia del europeo promedio viene siendo modelada mediante la repetición de bellos eslóganes que evocan la inminencia de un mundo multicultural. En alas de una temeridad en ocasiones ingenua y en otras inequívocamente perversa, se ha fantaseado alrededor de un modelo voluntarista según el cual las políticas de fronteras abiertas son plenamente compatibles con sociedades carentes de conflictos, prósperas y respetuosas con la diversidad.

Precisamente, ello ha sido posible porque Europa se ha forjado alrededor de un entramado de conceptos que, surgidos de su raíz cristiana, sitúan la dignidad de la persona en el centro de su interés. Así, ideas tales como la libertad de pensamiento y expresión, la igualdad entre hombres y mujeres o el derecho de los ciudadanos a elegir a sus gobernantes se contemplan como verdades de alcance universal cuya aceptación por parte de otros pueblos no debería suponer mayores inconvenientes. El problema surge cuando esos otros pueblos, que provienen de tradiciones que rechazan de plano buena parte de los presupuestos que para nosotros resultan indiscutibles, se establecen aquí y, contra los principios vigentes en su lugar de acogida, hacen valer el argumento de su fuerza demográfica.   

Hasta aquí no hay nada nuevo. La cuestión a dirimir es cómo hará frente el ciudadano europeo al panorama que se avecina. Sin duda, hay un amplio segmento de la población autóctona que ha dado por perdida la batalla. De entre quienes ya han claudicado, algunos se resignan a la consumación de un fenómeno que consideran irreversible mientras otros se aferran a la idílica posibilidad de una convivencia sin aristas, algo que los hechos de cada día se empeñan más bien en desmentir. 

Europa es un gigante histórico que se ha cansado de sí mismo porque ha dejado de apreciar la maravilla de la que es depositario. Una tecnocracia ensimismada y prepotente ha tomado las riendas de su destino. Las calles de nuestras ciudades se llenan de rebaños de turistas que la mayor parte de las veces ignoran lo que ven. Las generaciones más jóvenes no comprenden el valor de los logros en los que viven inmersos, la singularidad de la historia de la que forman parte ni la riqueza de un patrimonio que sitúa a nuestro continente en la cúspide de la escala civilizatoria. Y no lo comprenden, entre otras razones, porque esos jóvenes son víctimas de unas leyes educativas que han buscado hacer de ellos una masa manipulable y desconocedora de sus tradiciones, y porque el ambiente en el que les ha sumergido la cultura de la satisfacción inmediata los ha rebajado a la condición de dóciles consumidores de los productos que genera una industria del entretenimiento que hace las veces de cloroformo generacional.   

De modo que sin fe en ella misma, empeñada en el suicidio demográfico y enferma del virus nihilista que sus propias clases dirigentes le han inoculado, Europa se dispone a ingresar en una edad incierta. Pero ahora la cuestión no es si trata de un hecho irreversible. Lo que a cada uno le toca decidir es si se quedará a contemplar pasivamente el derrumbe de la casa común o elegirá contribuir a sostener, hasta el momento final y en la medida de sus posibilidades, los cimientos de este magnífico edificio.    


© La Gaceta