Sin perdón

No sé cómo va ahora, pero a los de mi quinta se nos enseñó a pedir perdón de pequeñitos, rémora de la España negra del nacional-catolicismo, y es mérito del adoctrinamiento infantil que aún lo tenga por comportamiento particularmente virtuoso y meritorio. Pero las virtudes privadas devienen con frecuencia en vicios públicos, y en diez peticiones de disculpas de las que somos testigos todos en la vida social, nueve son, además de huecas, falsas y cobardes, contraproducentes.

Pedir perdón para la ciudad y el mundo se puso de moda hace ya décadas, en dos modalidades: el despliegue de virtud oblicuo y el ritual de humillación interesado. Ambos son performativos y tristes de ver, pero fácilmente diferenciados.

En el primer caso, se pide perdón por un crimen tan antiguo que no espera reparación y en nombre de un culpable colectivo que lleva mucho tiempo muerto. Los primeros casos que recuerdo de este tipo los protagonizaron, respectivamente, Juan Pablo II y Bill Clinton.

El primero pidió perdón –al mundo en general, supongo— por el juicio contra........

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