La «Federación Feminista Anticlerical» de Consuelo Álvarez-«VIOLETA» (Madrid, 1906-1907)
«Federación Feminista Anticlerical» (1906-1907). El nombre impresiona, ¿verdad? Pero la realidad es que este importante grupo de mujeres, que quizás no pueda considerarse formalmente una Sociedad o Asociación, ha quedado totalmente ignorado por la historia del feminismo en el Estado español. Y más aún a la mujer que lo lideró con una entrega y una valía como hubo muy pocas en los albores del siglo XX: Consuelo Álvarez Pool-«Violeta» (Barcelona, 1866-Madrid, 1959).
Cuatro años después, en julio de 1910, cuando la situación política volvió a repetirse y el liberal Canalejas se convirtió en el nuevo presidente del Gobierno, las movilizaciones de mujeres contra el asfixiante fanatismo clerical de la sociedad tomaron cuerpo en Barcelona, sobre todo, y la impactante foto de la manifestación de diez mil mujeres convocadas por la veterana «Sociedad Progresiva Femenina» de Barcelona liderada por Ángeles López de Ayala y las recién fundadas «Damas Rojas» y «Damas Radicales» o secciones femeninas del nuevo Partido Radical de Alejandro Lerroux, ocuparon las páginas de todos los periódicos, y parece que fue entonces cuando comenzó el peculiarísimo «feminismo anticlerical» que no conoció una experiencia igual en ningún otro país europeo. Pero no era cierto. Como ya se sabe, lo mediático no es siempre (o casi nunca) lo verdadero ni de lo que debe ocuparse la investigación histórica. Siempre debemos ir a la raíz.
El feminismo anticlerical, como movimiento organizado de mujeres progresistas que sentían que su emancipación social y política solo podía darse en una sociedad donde hubiera una separación real y efectiva de la Iglesia y el Estado, constituye el origen del feminismo en España, y quizás apenas se la ha dado importancia a este aspecto tan peculiar de su historia. El presente artículo quiere ponerlo de manifiesto y promover su reflexión. ¿No se dice que porque fuisteis, somos, etc…? ¿El feminismo de hoy en el Estado español, es anticlerical?
El feminismo decimonónico de Belén Sárraga, Amalia Carvia, Ángeles López de Ayala y tantas otras, que bebieron del republicanismo, por supuesto, pero también del librepensamiento, de la masonería, del laicismo o del espiritismo, tuvieron un rasgo peculiar: el anticlericalismo. Sin embargo, a las primeras sociedades de mujeres como la Asociación General Femenina, la Sociedad Progresiva Femenina, la Unión Femenina de Huelva, o la Unión de Mujeres Españolas de Sixta Carrasco (aunque esta es algo posterior, de 1902), nunca se atrevieron a llamarse «feminista» como sí hizo Consuelo Álvarez-Violeta en una fecha tan temprana como 1906. ¡Hace 120 años!
Violeta siempre se consideró feminista en todos sus mítines, y además «feminista convencida», «feminista radical» o en francés «feminista enragée» o rabiosamente feminista. Había llegado a Madrid a finales de 1903 desde Trubia (Oviedo) con su marido -mecánico en la fábrica de armas -y sus dos hijos, y el 5 de septiembre de 1904 se convirtió en redactora del periódico republicano más prestigioso de Madrid, El País. Sin embargo su vida dio un giro copernicano cuando conoció a Belén Sárraga y le propuso convertirse en redactora de la Segunda Época de su mítica revista La Conciencia Libre, que iba a a comenzar a editar en Málaga en noviembre de 1905. Desde ese momento, no se solo definía como feminista y muy cercana al movimiento obrero, sino que acuñó el concepto de «feminismo proletario». Si Clara Zetkin había pronunciado en el Congreso socialdemócrata alemán de Gotha de 1896 que «solo con la mujer proletaria triunfará el socialismo», «Violeta» lo llevaba a su terreno y afirmaba que solo con la participación de la mujer proletaria la lucha feminista tenía algún sentido y alguna posibilidad de victoria.
El 5 de noviembre de 1906 se constituyó en Madrid la Federación Anticlerical y entre los once miembros que integraba el Directorio solo había una mujer, Consuelo Álvarez –Violeta-, y no solo eso, sino que fue encargada de que organizara un grupo para que llevaran a cabo una amplia y sonada campaña entre las mujeres madrileñas. En el Manifiesto fundacional, después de explicar que la Federación Anticlerical no iba contra el sentimiento religioso, pues ellos reconocían y proclamaban bien alto los derechos imprescindibles de la conciencia libre, sí acusaban a la influencia omnipresente en la sociedad de la Iglesia católica, acaparadora de riquezas y dominadora de conciencias, sobre las cuales habían levantado un poder político absoluto, que sí era contundentemente condenable y criticable. Por todo ello, la bandera de los anticlericales de todo el Estado que ellos proponían era:
1º Extinción completa y absoluta de todas las órdenes religiosas, a cuyo efecto solo deberá poner en vigor la ley de 1837, confirmada por decreto del Gobierno Provisional de 1868, ratificada por la Constitución de 1869 y nunca hasta ahora derogada.
2º Matrimonio civil, celebrado antes que el matrimonio religioso y con independencia absoluta de este.
3º Libertad de cultos, con todas sus consecuencias.
4º Secularización de los cementerios, de los servicios de Beneficencia y todos los demás que tengan carácter público.
5º Enseñanza laica absoluta, extensiva a todos los establecimientos docentes sin distinción alguna.
6º Aspiración realizable en un plazo más o menos próximo de llevar a cabo la separación de la Iglesia y el Estado.
La Federación Anticlerical, además, incluía una serie de medidas adicionales para el tiempo que tardara en hacerse efectiva esa separación de la Iglesia y el Estado, propia de un estado moderno.
Al grupo formado por Violeta para explicar y difundir estos fines le llamo «Federación Feminista Anticlerical»; a los mítines que organizaron: «mítines feministas anticlericales», y la oradoras de las que se rodeó les llamaba «mujeres feministas anticlericales». Sin ser un grupo constituido ni registrado sus estatutos ni mucho menos en el gobierno civil, en la prensa generalista no fue raro que dijeran que Violeta era la «presidenta de la Sociedad Feminista Anticlerical». Y las propias oradoras del grupo la llamaban «madre», «Directora» o «capitana» del grupo, afirmando que ya que los jefes republicanos que se habían elegido no conducía a sus miembros al combate y a la revolución de 1868 que no había concluido, que fuera nombrada Belén Sárraga la capitana en jefe de los republicanos revolucionarios y a Violeta su lugarteniente.
Como puede verse en la imagen del artículo, ninguna mujer llevaba sombrero, pues la mayoría eran obreras o maestras y mujeres republicanas solteras de origen humilde o esposas de simples obreros. Estas verdaderas «sin sombrero» eran cigarreras, modistas, lavanderas, maestras laicas y sastras, pero sobre todo sastras, pues no pertenecían a la Casa del Pueblo socialista y era el colectivo más organizado y combativo. De hecho, la Sociedad de obreras sastras de Madrid nombraron a Violeta su presidenta honoraria. En aquellos meses existía en Madrid la «Unión de Mujeres Españolas» (1902-1907) pero Violeta no contó con ellas, a pesar de ser republicanas y anticlericales, pero ¿quizás no lo suficientemente feministas? Sí se adhirieron «efusivamente» a todos los mítines y alguna de sus miembros participaron en algún mitin, pero fue algo anecdótico.
Al principio organizaron seis «mitines feministas anticlericales» en otros tantos Centros republicanos de los distritos de la ciudad (Universidad, Centro, Inclusa, Progreso-Hospital, Buenavista, etc.), que comenzaron el 15 de diciembre de 1906, pero después, debido al entusiasmo contagioso que generó, se aumentaron a nueve y alguno más ya en las primeras semanas de enero 1907. Participaron más de treinta oradoras y fueron una decena de miles las mujeres, obreras en su mayoría, que escucharon y ovacionaron a todas ellas que hablaban en público por primera vez, pero sería faltar a la verdad decir «a todas», porque sobre todo fue Violeta, la presidenta de todos los mítines y la que cerraba todos los actos, la que levantaba pasiones y era interrumpida con frecuencia con largas ovaciones. Hasta una prensa nada republicana como El Liberal, perteneciente al trust periodístico «Sociedad Editorial de España» tuvo que admitir que al final de un discurso de Consuelo Álvarez la ovación que le obsequió la concurrencia «duró más de diez minutos».
Un hecho que vino a popularizar estos «mítines feministas anticlericales» fue la campaña que se inició en aquellas semanas contras las monjas y frailes, pero sobre todo contra las monjas, que en algunos conventos de Madrid se dedicaron a liar cigarrillos, hacer prendas de vestir y bordados o pan en el caso de los frailes, lo que provocó casi motines por entender que los cobraban a mitad de precio y eso le hacían la competencia con posible disminuciones de salarios y despidos, además de hacerlo «en negro», sin pagar a la Hacienda pública, constituyendo las cigarreras y las sastras las más combativas y las que cargadas con más razones se unieron a la campaña anticlerical.
En todo ese tiempo de diciembre de 1906 y enero de 1907 la Federación Anticlerical no realizó ningún acto de masas en teatros o grandes salones, y dejaron solas a las mujeres. La propia Violeta lo criticó en alguno de los mítines finales: ¿donde estaban los dirigentes y diputados republicanos? ¿Qué tenían que hacer mejor que acudir a algunos de esos nueve mítines para apoyar a sus mujeres? ¿No sentían el anticlericalismo igual que ellas? ¿O es que eran eso, mujeres, y encima mujeres obreras, que nada le podían decir a los insignes abogados y cultos licenciados republicanos? Violeta comentaba que escuchando a las obreras sastras hablando con un lenguaje nuevo, desde la Razón, en una tertulia improvisada cuando la invitaron a la inauguración de un taller colectivo de costura comenzó a creer que era posible la regeneración de la sociedad, que sin las obreras sería imposible hacer la «revolución por abajo», de la que era partidaria, y que siempre le había salido sin querer una leve sonrisita cuando escuchaba a los jefes republicanos de cómo hacer la «revolución por arriba», en las Cortes y sin contar con el proletariado.
Me gustaría nombrar a muchas de las oradoras, como la sastra Cipriana Ferreira, madre de cinco niños o la cigarrera Francisca Santos, que tenían un don especial para la oratoria y que encandilaba a los asistentes por su amenidad y su verdad. Pero quiero mencionar a una mujer desconocida por completo, Leonor Bonafí, presidenta de la Junta de señoras del Casino republicano del Distrito de Universidad, que fue quien propuso que fuese «Violeta» la directora y verdadero motor de ese movimiento femenino anticlerical que estaba comenzando. En algún medio se publicó que Bonafí bien pudiera calificarse de «lugarteniente» de Consuelo Álvarez, y su más firme colaboradora. Leonor Bonafí Hostalet nació en Gerona en 1863, hija de un militar que era el Músico Mayor de la Banda de su unidad, en aquel momento el Regimiento de León nº 38, y que compaginaba su mísero sueldo dando clases particulares de música. En 1906 Leonor vivía en Madrid y estaba casada con el republicano Sotero Rojo Sancha. Leonor, que enviudó por dos veces, sobrevivió a la guerra y en 1939 sufrió persecución por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, y al igual que Amalia Carvia y la propia «Violeta», su condena a doce años la cumplió en prisión domiciliaria, por lo ancianas que ya eran todas ellas.
Otra oradora muy joven y muy activa merece una biografía ella sola, se trata de la modista Otilia Solera, que no faltó a ningún mitin hasta el 29 de julio de 1907. Otilia Solera García (Ávila, 1880), con una modesta madre poetisa que acudió a leer sus poemas a varios mítines, estuvo militando en todos los grupos femeninos de esa primera década del siglo, desde la siguiente Sociedad Progresiva Feminista (1908-1909), las Damas Rojas de Madrid y por último en la Agrupación Femenina Socialista de Madrid de donde se dio de baja y de alta varias veces. No he conocido un caso igual de mujer inquieta, impetuosa y luchadora por los cuatro costados con algunos periodos de cárcel. Por último quiero citar a Carmen Jordán, una mujer de mucha valía que había estado en el Grupo Femenino Socialista desde su fundación el 25 de marzo de 1906 teniendo cargos en el Comité, y que dimitió como Tesorera y se dio de baja en diciembre de 1906 solo para poder participar en uno de los mítines de Violeta. ¿Por qué? Porque Pablo Iglesias estaba en contra de que el Partido Socialista participara en la campaña anticlerical, pues a los obreros no había que potenciarles su anticlericalismo innato, sino educarlos en la lucha contra el capitalismo. Meses después Carmen volvió a militar en el Grupo Femenino Socialista y fue una defensora a ultranza de la Conjunción republicano-socialista.
Un último aspecto quiero destacar porque quizás no se conozca, y es un acto-homenaje en el que las «feministas anticlericales» de Violeta hicieron su última aparición en 1907. El 29 de julio de 1901 se celebró por primera vez en Madrid y en otras muchas ciudades lo que se llamó el Jubileo de la Libertad, para celebrar que tal día como ese de 1837 el ministro de Hacienda de la Regenta María Cristina de Borbón, Juan Álvarez Mendizábal, había aprobado un Real Decreto cuyo artículo 1º decía: «Quedan extinguidos en la Península y posesiones en África, todos los monasterios, conventos, colegios. Congregaciones y casas de religiosos de ambos sexos», y además otra serie de medidas anticlericales y la eliminación del diezmo que los campesinos que pagara a la Iglesia. Esa ley se confirmó durante la Revolución de 1868 y se recogió en la Constitución de 1869 y hasta entonces no se había derogado. Tras los mítines de esas celebraciones «jubilosas» se organizaba una manifestación (casi nunca autorizada) hasta la Plaza del Progreso (hoy de Tirso de Molina) donde se elevaba una estatua de Mendizábal a cuyo pie se depositaban coronas de flores y lazos conmmorativos. En los primeros días que las tropas franquistas entraron en Madrid tras la traición de Casado en 1939, volaron la estatua del gaditano Álvarez Mendizábal y erigieron otra del mercedario y dramaturgo Tirso de Molina. A quien quiso expulsar a las órdenes religiosas le sustituyeron por un fraile de la Orden de la Merced. Y así seguimos. Lecciones de la Historia.
Violeta, a finales de 1907 y principios de 1908 tras la ruptura de la «Unión Republicana» de Salmerón, y los nuevos partidos de Lerroux, el Republicano Radical, y de Blasco Ibáñez en Valencia, el de Unión Republicana Autonomista, que originó la división entre los republicanos federales con quienes simpatizaba, despareció de la escena política durante muchos años. Más adelante ingresará en el PSOE y en otros partidos republicanos o coaliciones hasta volver al Partido Federal durante la guerra. Consuelo Álvarez Pool, una imprescindible.
Imagen del artículo: Grupo de «feministas anticlericales» de Madrid. «Violeta», destacada en tono azulado, junto a una señora mayor que bien puede se Leonor Bonafí Hostalet. Fuente de la imagen: La Actualidad (Barcelona) del 21 de diciembre de 1906.
NOTA: Como en otras ocasiones, este trabajo es un resumen de uno mucho más extenso que puede leerse en el siguiente enlace, por si alguna persona quiere profundizar en el tema: https://federacion-feminista-anticlerical.blogspot.com/2026/02/consuelo-alvarez-pool-violeta-y-la.html
También puede ser de interés conocer a la también ignorada «Unión de Mujeres Españolas» (1902-1907), igualmente anticlerical, que se imbricó de alguna manera con el movimiento de «Violeta», pero cuando su actividad ya estaba languideciendo: https://manuel-almisas-articulos.blogspot.com/2026/02/union-de-mujeres-espanolas-primera.html
