El papel de la violencia en la historia universal y en la creación de los Estados
La violencia ha sido un elemento omnipresente en la trayectoria de la humanidad, moldeando no solo los eventos históricos sino también las estructuras sociales, políticas y culturales que definen las civilizaciones. Desde los albores de la existencia humana hasta la era contemporánea, la violencia se manifiesta en múltiples formas: como fuerza física interpersonal, como guerras organizadas entre grupos, como rituales religiosos o como herramienta de control estatal. En este ensayo, exploraremos de manera extensa y detallada el rol de la violencia en la historia universal, con un enfoque particular en su contribución a la formación y consolidación de los Estados. Nos basaremos en perspectivas históricas, antropológicas y teóricas, incluyendo las ideas de pensadores como Thomas Hobbes y Max Weber, para argumentar que la violencia no es meramente un subproducto destructivo de la historia, sino un mecanismo constitutivo que ha facilitado la transición de sociedades primitivas a entidades estatales complejas.
Definiremos la violencia, siguiendo a historiadores como Pieter Spierenburg, como una intrusión física intencional en el cuerpo de otro, aunque esta definición se expande para incluir formas psicológicas, simbólicas y estructurales. En el contexto histórico, la violencia ha variado en intensidad y percepción cultural, lo que en una era se considera legítimo (como los duelos de honor en la Europa medieval) puede ser visto como ilegítimo en otra. Su rol en la creación de Estados radica en la capacidad de centralizar y monopolizar su uso, transformándola de un acto caótico en una herramienta de orden y autoridad.
Orígenes prehistóricos y la transición a sociedades sedentarias
La violencia no es inherente al ser humano de manera genética, como sugirieron mitos del siglo XIX y XX que pintaban al «hombre primitivo» como inherentemente salvaje para justificar la «civilización» moderna. En cambio, evidencias arqueológicas indican que la violencia colectiva surgió tardíamente en la historia humana, correlacionada con cambios estructurales en las sociedades.
Durante la era Paleolítica (hace unos 2.5 millones de años hasta alrededor del 13,000 a.C.), las sociedades nómadas de cazadores-recolectores exhibían niveles bajos de violencia organizada. Los grupos eran pequeños, igualitarios y dependientes de la colaboración para sobrevivir en entornos ricos en recursos. Casos aislados de violencia interpersonal existen, pero estos parecen accidentales o no letales en su mayoría. Menos de 30 casos letales se documentan en un período de 12,000 años, y muchos huesos muestran signos de curación, sugiriendo disputas no fatales o accidentes de caza.
La violencia colectiva emerge con la sedentarización al final del Paleolítico, alrededor del 13,000 a.C. en el Cercano Oriente. Sitios como Jebel Sahaba (datado entre 14,340 y 13,140 años atrás) muestran esqueletos con heridas violentas por golpes, puntas de lanza o proyectiles, afectando a hombres, mujeres y niños. Otro ejemplo es Nataruk (hace unos 10,000 años), donde individuos, incluyendo una mujer embarazada con manos atadas, fueron exterminados, posiblemente por un grupo rival. Estos casos indican conflictos intergrupales, pero no guerra organizada a gran escala, y podrían reflejar tensiones intragrupales o sacrificios humanos.
Este surgimiento coincide con la transición de una economía de predación (explotación de recursos silvestres) a una de producción (domesticación de plantas y animales, generación de excedentes y almacenamiento). La sedentarización, impulsada por el calentamiento global post-glacial, aumentó la densidad poblacional y creó desigualdades: los excedentes alimenticios generaron envidias, rivalidades por territorios y estructuras jerárquicas. En el Neolítico, la violencia se intensifica, con evidencias de traumas en esqueletos que sugieren conflictos entre aldeas o crisis internas. El arte rupestre de esa época muestra encuentros armados, y la aparición de élites, guerreros y esclavos institucionaliza la violencia.
En el Neolítico de Europa noroccidental (6000-2000 a.C.), la adopción de la agricultura y la sedentarización llevó a un aumento en la violencia interpersonal y colectiva, posiblemente como respuesta a la competencia por tierras arables, recursos y desigualdades emergentes. Estudios osteoarqueológicos revelan traumas consistentes con agresiones, incluyendo heridas por proyectiles y golpes, afectando particularmente a hombres adultos y adolescentes, lo que sugiere roles de «guerreros» incipientes. Esta violencia no fue universal ni constante, pero en muchas regiones representó un punto alto de conflicto, con destrucción de comunidades enteras y posibles batallas formalizadas.
En la Edad del Bronce (desde alrededor de 3,000 a.C.), con migraciones y avances metalúrgicos, la guerra se institucionaliza: armas de metal proliferan, y los conflictos se vuelven sistemáticos. Esta evolución económica y social transforma la violencia de un acto esporádico en un mecanismo para acumular poder, sentando las bases para los primeros Estados.
La violencia en la formación de los Estados antiguos
Con la emergencia de las primeras civilizaciones, la violencia se convierte en un pilar de la formación estatal. Alrededor del 3,500 a.C., en regiones como Mesopotamia, Egipto y China, surge una «ideología guerrera» que marca un quiebre con la violencia intergrupal previa. Los Estados incipientes monopolizan la violencia legítima, argumentando que solo la fuerza sancionada por el Estado y los dioses es válida. Esto contrasta con las sociedades nómadas, donde el saqueo era común, y establece un control centralizado que legitima la autoridad.
En Mesopotamia, los registros tempranos documentan el ascenso de reinos donde la violencia y la guerra estaban íntimamente ligadas al poder estatal. Reyes como los de Uruk o Lagash usaban campañas militares para expandir territorio, extraer tributos y consolidar control interno.
La violencia no era solo externa (contra ciudades rivales) sino también interna, mediante castigos ejemplares y represión de disidencias. En Egipto, aunque el rol de la violencia en la unificación (alrededor del 3,100 a.C.) es debatido, motivos violentos en paletas como la de Narmer muestran al faraón sometiendo enemigos, simbolizando el establecimiento del orden divino mediante la fuerza. Sin embargo, evidencias osteológicas sugieren que la violencia no alcanzó niveles de guerra total constante, y el Estado egipcio temprano pudo reducir conflictos internos mediante capacidades administrativas.
En la Edad del Bronce, la formación de Estados en proximidad (como en el Creciente Fértil), dirigía la violencia tanto para el control interno como contra los «vecinos», a diferencia de Estados aislados que se enfocaban en la represión interna. En la China temprana, durante periodos como el Shang, la guerra y sacrificios humanos reforzaban el poder real.
Rituales violentos, como sacrificios humanos en Mesopotamia o Egipto, mantenían el orden cósmico: los humanos «pagan deudas» a los dioses con sangre, reforzando la autoridad estatal. En sociedades jerárquicas, la violencia interpersonal se normalizadas, las élites usaban la fuerza para mantener desigualdades, y los códigos de honor idealizaban la valentía y venganza.
En general, la violencia jugó un rol constitutivo en la formación de Estados antiguos: facilitó la extracción de recursos, la defensa territorial y la legitimación ideológica, aunque en algunos contextos (como el Bronce Medio), Estados fuertes redujeron la violencia interna mediante burocracia y reputación social.
Teorías filosóficas y sociológicas
Las teorías modernas sobre la violencia y el Estado se remontan a Thomas Hobbes y Max Weber, quienes conceptualizan el Estado como un antídoto al caos violento inherente a la humanidad.
Hobbes, en Leviatán (1651), describe el «estado de naturaleza» como una guerra de todos contra todos, donde los humanos, como agentes racionales, maximizan su poder por interés propio. Sin autoridad central, la vida es «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta«. Para escapar, los individuos ceden derechos a un soberano absoluto vía contrato social, otorgándole el monopolio indivisible de la violencia para mantener la paz. Aquí, el Estado no solo controla sino usa la violencia legítimamente, previniendo la anarquía.
Weber, en La política como vocación (1919), define el Estado como una comunidad humana que reclama con éxito el monopolio del uso legítimo de la fuerza física en un territorio. Este monopolio surge al expropiar medios de dominación de actores feudales o eclesiásticos, estableciendo legitimidad.
A diferencia de Hobbes, Weber enfatiza el control y autorización, no necesariamente el uso exclusivo, permitiendo delegaciones como en el caso de la autodefensa. Este concepto, influido por Jean Bodin, separa el Estado moderno de formaciones previas.
Otras perspectivas incluyen a Norbert Elias, quien habla de un «proceso civilizador» donde el Estado reduce la violencia interpersonal mediante intervención judicial y «espiritualización» del honor. Sin embargo, algunos críticos señalan que esto ignora contextos: la violencia estatal puede aumentar durante divisiones políticas. Francis Fukuyama explora orígenes políticos desde tiempos prehumanos, enfatizando cómo la violencia impulsa el orden estatal.
En contextos contemporáneos, fenómenos como empresas de seguridad privada o el crimen organizado desafían este monopolio.
Ampliando esta discusión, Karl Marx ofrece una visión materialista de la violencia en la historia. En obras como El Capital (1867) y El Manifiesto Comunista (1848), Marx ve la violencia como inherente a la lucha de clases, donde el Estado actúa como instrumento de la clase dominante para perpetuar la explotación. La violencia revolucionaria, para Marx, es necesaria para derrocar el orden burgués y establecer un Estado proletario, aunque este eventualmente se disolvería en una sociedad sin clases. Esta perspectiva influyó en revoluciones del siglo XX, como la Rusa de 1917, donde la violencia se justifica como medio para la emancipación colectiva.
Michel Foucault, en Vigilar y Castigar (1975), analiza la violencia como una forma de poder disciplinario. En la era moderna, la violencia evoluciona de espectáculos públicos (como ejecuciones) a mecanismos sutiles de control, como prisiones y vigilancia, que internalizan la obediencia. Para Foucault, el Estado moderno no monopoliza la violencia tanto como la dispersa a través de instituciones, creando «cuerpos dóciles» que sirven al poder productivo. Esta teoría destaca cómo la violencia estructural en el siglo XIX, como en las fábricas industriales, contribuye a la formación de Estados capitalistas.
Hannah Arendt, en Sobre la Revolución (1963) y Los Orígenes del Totalitarismo (1951), distingue entre violencia y poder: el poder surge del consenso colectivo, mientras la violencia es instrumental y destructiva, usada cuando el poder falla. En regímenes totalitarios del siglo XX, como el nazismo y el estalinismo, la violencia estatal se absolutiza, eliminando la pluralidad humana para imponer ideologías totales. Arendt argumenta que la violencia no crea Estados duraderos, sino que los corrompe, como lo visto en las purgas y genocidios.
Pierre Bourdieu, en su sociología del campo político, ve la violencia simbólica como clave en la reproducción estatal. En Sobre el Estado (2012, póstumo), Bourdieu describe cómo el Estado impone categorías de percepción (como «legal» vs. «ilegal») que legitiman su monopolio violento, internalizándolo en habitus sociales. Esta violencia simbólica, prevalente en el siglo XX con burocracias expansivas, asegura la dominación sin coerción física constante.
René Girard, con su teoría mimética en La Violencia y lo Sagrado (1972), postula que la violencia surge de deseos imitativos que generan rivalidades, resueltas mediante chivos expiatorios. En la formación estatal moderna, rituales violentos (como guerras o ejecuciones) canalizan esta mimesis, estabilizando sociedades. Girard influye en entender la violencia del siglo XX, como el holocausto, como un mecanismo sacrificial fallido en Estados seculares.
Finalmente, Charles Tilly, en Coerción, Capital y Estados Europeos (1990), argumenta que los Estados modernos se forman como «racketeers organizados«, empleando violencia para extraer recursos y proteger contra amenazas, evolucionando hacia burocracias. Tilly enfatiza que la guerra hace al Estado, y el Estado hace la guerra… Un ciclo visto en los siglos XIX y XX con nacionalismos y colonialismos.
Estas teorías colectivamente ilustran cómo la violencia es central en la génesis y mantenimiento de los Estados modernos, influenciando desde revoluciones industriales hasta conflictos globales.
La violencia en la Era Contemporánea y sus implicaciones
En el siglo XX y XXI, la violencia persiste en formas estatales y no estatales. Guerras mundiales, holocaustos y conflictos étnicos muestran cómo los Estados usan la violencia para consolidar poder.
Algunos historiadores enfatizan que la violencia no es inevitable ni ligada a factores simples como pobreza o diversidad. Ejemplos como la baja violencia en Japón del siglo XIX muestran, además, variabilidad cultural.
La violencia ha sido un catalizador fundamental en la historia universal, desde sus orígenes con la sedentarización y la economía productiva hasta su institucionalización en Estados que monopolizan su uso legítimo. Teóricos como Hobbes y Weber ilustran cómo el Estado emerge para mitigar el caos violento, transformándolo en herramienta de gobernanza. Ejemplos a lo largo de épocas y regiones demuestran su rol constitutivo, no solo destructivo: forja imperios, suprime disidencias y legitima autoridad, aunque a menudo con costos humanos inmensos.
Sin embargo, la historia también muestra que la violencia no es determinista; contextos culturales y sociales la modulan, y procesos civilizadores pueden reducirla. En un mundo globalizado, desafiar el monopolio estatal (por actores no estatales) plantea preguntas sobre el futuro de los Estados. Entender su rol histórico es esencial para mitigar sus excesos y promover sociedades más pacíficas, reconociendo que, como señala la arqueología, la cooperación humana ha sido tan crucial como el conflicto.
* Imagen: El rapto de las sabinas, por Jacques Louis David, 1799, óleo sobre lienzo, 385 x 522 cm, Museo del Louvre, París.
