El psicópata posmoderno

“La guerra es la política continuada por otros medios”, escribió Carl von Clausewitz, una de las intuiciones más influyentes de la modernidad: que la violencia no es ajena a la política, sino su prolongación extrema. Siglo y medio después, Michel Foucault invirtió la fórmula: la política es la guerra continuada por otros medios, y el derecho uno de sus dispositivos.

Con ambas formulaciones se ha levantado la construcción del orden moderno. Un equilibrio inestable en el que la guerra, la política y el derecho, aun profundamente entrelazados, presentaban una diferencia decisiva: el derecho aspira a contener la violencia, la política a administrarla, y la guerra aparece como su fracaso.

Hoy, sin embargo, asistimos a un cambio, una mutación más inquietante. No se trata ya de la tensión entre esas tres esferas, sino de su colapso. Cuando un psicópata accede al poder en el seno de un Estado —y más aún si ese Estado  tiene una proyección imperial— desaparece la distinción entre esos tres órdenes. Guerra, derecho y política se funden en una sola voluntad sin freno.

Aquí es donde la reflexión de Giorgio Agamben adquiere una relevancia decisiva. Su noción de “estado de excepción” describe una situación límite en la que el orden jurídico queda suspendido para su propia preservación. Lo excepcional se convierte así en un instrumento del poder. Pero lo que hoy se perfila va mucho más allá: no es ya la excepción como mecanismo provisional, sino su normalización. El poder no suspende el derecho; lo vacía desde dentro, lo convierte en una forma sin contenido, en un lenguaje que encubre la pura decisión por otra parte irracional.

El psicópata posmoderno no actúa simplemente fuera de la ley. Actúa en un espacio donde la distinción entre legalidad e ilegalidad ha perdido sentido. Los tratados internacionales, las normas, las instituciones dejan de ser límites de acción para convertirse en herramientas que el psicópata utiliza o descarta según le conviene. La transgresión de las instituciones, según ese comportamiento desquiciado, ya no necesita justificarse, porque el marco mismo de justificación ha sido pulverizado.

Este desplazamiento tiene consecuencias profundas. Durante décadas, incluso en medio de violaciones sistemáticas, el derecho internacional funcionaba como referente normativo: algo que podía incumplirse, pero no negarse abiertamente sin consecuencias. Hoy, ese horizonte se desvanece. Y con él, la posibilidad misma de exigir responsabilidad se hace casi imposible: el psicópata sigue ahí.

En ese vacío, la política regresa a una forma primaria,  primitiva, de ejercicio del poder. Foucault mostraba que el poder moderno operaba a través de dispositivos y de técnicas de gobierno que evitaban la violencia constante. Pero cuando esos dispositivos se subordinan por completo a una voluntad arbitraria, el poder político se brutaliza al no necesitar siquiera ocultarse.

Lo más inquietante es su efecto de contagio. Otros actores, estatales o no, comienzan a operar bajo la misma lógica. La excepción deja de ser una anomalía para convertirse en regla tácita.

El psicópata posmoderno no es solo un individuo. Si no se le anula, es el síntoma de una mutación del poder en nuestro tiempo. Una mutación en la que la guerra ya no continúa la política, ni la política disimula la guerra, sino que ambas se confunden en el ejercicio primitivo de la fuerza que se legitima por sí mismo: el psicópata asienta las bases para regresar a la barbarie. Voltaire, dos siglos antes lo anticipó cuando dice que la civilización no ha corregido la barbarie, la ha perfeccionado. Y en la culminación de la barbarie ha situado el psicópata moderno a la civilización occidental


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