Expolio colonial del arte |
Si el otro decía que la propiedad es el robo -no refiriéndose obviamente al cepillo de dientes de cada cual-,en la presente ocasión lo que nos son presentados son robos de la propiedad, eso sí, que en su momento fueron presentados, como era habitual por parte de la empresa colonial, como modo de universalizar el valor de algunas obras artísticas arrancándolas de manos inexpertas que las tenían, poco menos que abandonadas; en fin, siempre todo por la civilización.
En estos últimos tiempos ante algunas iniciativas por descolonizar los museos y la petición de perdón por los daños causados en el terreno del arte y en otros, han alzado la voz de diversos civilizadores que airean que, por ejemplo, el descubrimiento de América fue una bicoca para los de allá, salvajes en estado puro, un enorme favor ya que se les entregó la lengua y el dios verdadero en verdad, lo cual no es, desde luego, moco de pavo. De la mutilación de las costumbres, o su absoluta negación, de las formas de vida y la cultura de los colonizados, tanto en el caso que se señala en el párrafo anterior como en éste, nada se dice ya que la acción de conquista era una manifestación del mejor de los mundos, ayudar al que no sabe y ello, si fuese preciso, que lo fue, con el sable en una mano y el crucifijo en la otra.
El libro que traigo a este artículo incide en algunos casos representativos del primer aspecto señalado: el arte y su exposición en diferentes museos; me refiero a la necesaria obra de Catharine Titi y Katia Fach Gómez, editada por Península: «El arte secuestrado. Los mármoles del Partenón, el penacho de Moctezuma y otras historias ocultas de nuestros museos». Las autoras del libro son expertas y profesoras de derecho internacional, entre otras cosas, y en su labor, obviamente, han mostrado una decidida postura a desbordar el campo de las leyes para buscar los aspectos relacionados con la memoria histórica, con aspectos económicos y culturales, y políticos además de por supuesto los de las relaciones internacionales. Optando, por activa y por pasiva, por defender las restitución internacional del patrimonio artístico, ante las justas reclamaciones de quienes fueron víctimas del latrocinio.
La obra nos abre los ojos, ojos que adormilados contemplan diferentes obras en diversos museos y digo adormilados, ya que las obras observadas superan cualquier cuestión ajena, obviando el cómo llegaron dichas obras a estos lugares, cuándo, etc. En ese orden de cosas, queda claro desde el principio que las autoras difunden conciencia, haciendo ver que dichas obras son fruto del latrocinio, y haciendo que la pregunta acerca de qué supuso, o supone, este hurto a los países de los que proceden. Son seis los casos que se presentan........