La recepción de la ternura |
En noviembre de 2015, se formalizó la aportación de un dossier detallado con más de 1.800 casos de víctimas de la represión franquista en las Islas Canarias a la querella argentina. Esta documentación fue presentada ante la Embajada de Argentina en Madrid para su incorporación a la causa instruida por la jueza María Servini de Cubría, que investiga crímenes de lesa humanidad cometidos durante la Guerra Civil y la dictadura.
Son muchas personas más vejadas, torturadas, asesinadas, solo en estas islas desafortunadas, pero este trabajo de justicia y reparación realizado con muy pocos medios y sin ningún apoyo institucional demuestra la devastación del genocidio isleño.
Como familiar he sentido y siento cuando hablo con representantes de fuerzas políticas, también de la izquierda, una enorme falta de respeto. Esta misma semana me volvió a suceder en una conversación telefónica sobre la fosa del cementerio de Vegueta donde sigue mi abuelo junto a un centenar de compañeros fusilados.
Percibo una sensación hiriente, como que de alguna manera infinitamente triste, cuando exponemos lo sucedido con nuestros muertos tenemos casi que pedir disculpas por lo acontecido, como si nosotras, nosotros, fuéramos los ejecutores de esos ríos de sangre, de esas matanzas sobre quienes sencillamente defendían un mundo mejor, los derechos elementales de la sufrida y maltratada clase trabajadora.
Ahora que desde los poderes y el periodismo cortesano andan locos con los papeles desclasificados de la farsa del 23F, con más de 120.000 demócratas vergonzosamente aún en fosas comunes y cunetas de todo el estado español, seguimos notando ese trato distante, carente de empatía, como si fuéramos locas, locos que pedimos excavar, exhumar, identificar, dar sepultura digna a nuestros familiares masacrados por sus ideas dignas y emancipadoras.
Es muy triste, sé que no es fácil de entender para quienes no tienen huesos en una fosa común.
En otros lugares de la Tierra, en otros países donde el fascismo perdió la guerra, existe otra forma de tratarnos, de percibirnos, de sentirnos. No tenemos que mendigar de despacho en despacho esa anhelada justicia. Lo percibí ese ya lejano 2015 cuando entramos para aportar pruebas evidentes de terrorismo estatal en esa Embajada. Fue como si en el centro de Madrid traspasáramos una especie de barrera temporal, un viaje sideral donde nos acogieron con cariño, empatía y mucho amor: —¿Quieren tomar un café en lo que les atiende la embajadora? Nos dijo el personal diplomático ante nuestras miradas de asombro.