Hungría: cae Viktor Orbán, pero no necesariamente el régimen que lo hizo posible |
La derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría ha sido recibida por muchos sectores europeos con una mezcla de alivio y celebración. No es para menos: Orbán ha sido durante años uno de los principales referentes de la extrema derecha institucional en Europa, un laboratorio político de autoritarismo blando, recorte de libertades y nacionalismo excluyente.
Sin embargo, la euforia dura poco cuando se observa quién ocupa ahora su lugar.
El nuevo liderazgo, presentado como una alternativa “europeísta”, dista mucho de representar un giro progresista o garantista. Más bien parece encarnar una versión más pulida —y quizás más digerible para Unión Europea— de las mismas lógicas de fondo: endurecimiento migratorio, ambigüedad (cuando no silencio) frente a los derechos LGTB y una visión del orden social basada en la disciplina antes que en la justicia.
Es el problema de fondo de muchas lecturas políticas contemporáneas: reducir el análisis a un eje simplista entre “proeuropeo” y “antieuropeo”, como si la pertenencia o lealtad institucional garantizara automáticamente un compromiso con los derechos humanos. No lo hace.
Orbán no cayó en el vacío. Cayó sobre un terreno que él mismo contribuyó a modelar durante años: un ecosistema político donde la seguridad, la identidad y el control migratorio se han vuelto consensos transversales, incluso para sectores que se presentan como alternativa.
Y ahí está la trampa.
Porque cuando el horizonte político se desplaza hacia la derecha, incluso los recambios parecen moderados solo en comparación con lo anterior. Pero el marco sigue siendo el mismo. La conversación no gira en torno a cómo ampliar derechos, sino a cómo gestionarlos, restringirlos o priorizarlos según criterios de utilidad política.
En este contexto, celebrar sin matices puede ser ingenuo. Y criticar sin analizar las continuidades, insuficiente.
Lo que ocurre en Hungría no es una anomalía aislada, sino un síntoma de una Europa que, en nombre de la estabilidad y el orden, está normalizando políticas que hace no tanto habrían sido impensables en el centro del tablero institucional.
La pregunta, entonces, no es solo quién ha perdido, sino qué ha cambiado realmente.
Y la respuesta, de momento, parece incómoda: ha cambiado algo, pero no tanto como nos gustaría (ni mucho menos)