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De la guerra fría a la guerra blanca. Decadencia capitalista e imperialismos

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16.04.2026

“Quien no quiera hablar de imperialismo debería guardar silencio también sobre la cuestión del fascismo” Nicos Poulantzas

La situación política actual está marcada por una crisis de la civilización capitalista como no se había visto desde la medianoche del siglo XX. Hace apenas 40 años de la crisis final del socialismo real y casi 35 del triunfalista fin de la Historia proclamado por un propagandista del Departamento de Estado, que supuestamente habría desembocado en una victoria perpetua, pacífica y feliz del capitalismo liberal, tras derrotar el totalitarismo fascista primero y comunista después.

En lugar de un momento Fukuyama, lo que estamos experimentando recientemente es una aceleración caótica de una crisis sistémica multidimensional del capitalismo, que hunde sus raíces en:

Una explosión de las desigualdades sociales en y entre los países como consecuencia de la huida neoliberal hacia delante y una creciente crisis de los sistemas representativos y de los partidos tradicionales que han gestionado la vida política en todas las latitudes.

El caos climático, la desertificación y el hundimiento acelerado de la biodiversidad, con repercusiones crecientes en la economía (inflación, destrucción de infraestructuras, etc.), la vida cotidiana (la salud pública: covid-19, problemas alimentarios, propagación del cáncer…) y la mentalidad de los pueblos (ascenso del irracionalismo y renovada obsesión por la decadencia que ya marcó el mundo de entreguerras).

El retorno del fundamentalismo religioso, del tribalismo étnico y del nacionalismo esencialista y excluyente en un tiempo en el que la esperanza de cambiar el mundo y la vida en buena medida se ha eclipsado y en el que las identidades de clase y los proyectos de sociedad igualitarios se han erosionado enormemente.

Un recrudecimiento de las tensiones geopolíticas en un marco de desorden hegemónico y de resurrección de imperialismos agresivos, militaristas y mesiánicos. Ya sea la “misión del hombre blanco” que proclamaba Kipling y que impregna la repugnante hipocresía europea ante el Gueto de Gaza (Bifo Berardi, 2023)… o bien el destino manifiesto invocado por los padres fundadores de las 13 colonias esclavistas de Norteamérica. A veces estas retóricas imperiales se envuelven también en los ropajes de la divina providencia: ya sea la tierra prometida del sionismo o la Santa Rusia que invoca el neozarismo de Putin.

Estas dinámicas vienen de lejos, sin embargo. La Gran Recesión de 2007-2009 y, posteriormente, la crisis covid entre 2020 y 2023 supusieron una radicalización de fenómenos como:

El populismo punitivo (guerras contra el narcotráfico, criminalización de la pobreza, amalgama de delincuencia e inmigración, deportación de sin papeles…). 

La guerra neoliberal contra los salarios, los derechos laborales y los impuestos al capital y las grandes fortunas.

El asalto contra el derecho de huelga y manifestación.

En efecto, desde la Gran Recesión de 2008, verdadero punto de inflexión histórico, neoimperialismo y neofascismo se han convertido en el rasgo dominante de la situación política internacional (Mosquera, 2024). Estamos asistiendo a un aumento de las tensiones interimperialistas que eclosionan en dos momentos clave: el fin del idilio occidental con Putin desde que la OTAN cruzó el rubicón al proclamar la futura integración de Ucrania y Georgia en la organización militar (Poch de Feliu, 2018); la teorización del famoso pivot to Asia por Obama y la proclamación de la República Popular China como enemigo público número uno de EE UU.

En estas líneas me propongo rastrear el origen de las tensiones interimperialistas actuales, tarea indispensable para orientarse con una perspectiva antiimperialista (Arcary, 2024) y ecosocialista que contribuya a reconstruir la esperanza, la imaginación programática y la movilización revolucionaria.

Imperialismos de ayer y de hoy

Sabemos que desde el Renacimiento se han erigido los sujetos políticos, sociales y económicos (Tilly, 1985) que han fraguado el sistema capitalista mundial y sus sucesivos modelos de acumulación (Arrighi, 1999): el Estado moderno –centralización del poder, desarrollo fiscal-burocrático, perfeccionamiento de la represión, promoción del mercantilismo (Anderson, 1979)– y la sucesión de empresas coloniales que han estructurado el saqueo extractivista (metalúrgico, monetario y más tarde fósil), la explotación del trabajo y el desarrollo del militarismo, el control social y la dominación ideológica (Sheidler, 2023).

La teoría marxista clásica del imperialismo (Katz, 2016) se remonta a finales del siglo XIX, en los tiempos de la II Internacional y sus debates, cuando ya el capital no se desarrollaba sólo en los intersticios de la sociedad feudal y absolutista (el capital mercantil que se desarrolló en las ciudades y las empresas coloniales) y en la financiación de las maquinarias bélicas de la época (el capital financiero), sino que había penetrado en la esfera productiva y alterado todas las relaciones sociales con la llegada del capitalismo industrial. El movimiento obrero de la época se dividía esencialmente por disputas acerca del rol civilizatorio o regresivo del colonialismo europeo durante el reparto de África y sobre la actitud que debería adoptar ante una previsible gran guerra imperialista en ciernes. Caracterizar el fenómeno imperialista y su conexión con el desarrollo del capitalismo como sistema mundial (Brewer, 1983) será fundamental para orientar la praxis socialista cuando la Belle époque europea tocaba a su fin y el bumerán del exterminismo y de la lógica infernal del militarismo estaba a punto de golpear al proletariado europeo con una brutalidad apocalíptica, que muy pocos eran capaces de imaginar en ese momento. Hilferding, Bujarin y Lenin insistirán en el peso de los monopolios, la fusión de capital industrial y bancario en un capital financiero apoyado por los Estados y en la exportación de capital al mundo colonial y semicolonial como clave de vuelta del fenómeno… Rosa Luxemburg se detendrá en el subconsumo en las metrópolis y la necesidad de abrir mercados al capital con la incorporación por la fuerza de nuevos ámbitos geográficos vírgenes (“economías naturales”) al sistema capitalista… Trotsky se centrará en los efectos del mercado mundial y la división internacional del trabajo para fundamentar su “política del desarrollo desigual y combinado”, base teórica de su hipótesis de la revolución permanente en la época imperialista, formulada tras el ensayo general de la Revolución rusa de 1905 (la revolución puede empezar en países atrasados engarzando objetivos democráticos y socialistas, se extenderá a nivel internacional, pero sólo podrá consumarse el socialismo tras una larga etapa histórica de revolución mundial). En cualquier caso, las conclusiones estratégicas de los y las grandes figuras del marxismo clásico serán compartidas: la lucha decidida contra el veneno chovinista y el militarismo que amenazaba la supervivencia misma de la civilización (Luxemburg), la idea central de que “el enemigo está en casa” (Liebknecht) y, más tarde, el horizonte de “transformar la guerra imperialista en revolución social” (Lenin).

Ya conocemos la barbarie que desató la crisis del modelo de acumulación británico, el caos que propiciaron las dos guerras mundiales y el aplastamiento fascista que sufrió la Europa de entreguerras (en gran medida contra la Revolución de Octubre y el movimiento comunista internacional), así como la catástrofe del estalinismo (que desprestigiará radicalmente desde entonces el ideal comunista). No obstante, la existencia de la URSS al menos contribuyó decisivamente a la derrota nazifascista en la guerra imperialista de 1939-1945 (Mandel, 2014). En este sentido, todas las teorías marxistas del imperialismo tienen en común la consideración de que tiene tres grandes dimensiones: una económica –extrae riqueza material y valor de las periferias que dirige hacia los grandes centros imperialistas–, política –construye un poder capaz de aplastar las amenazas subversivas que surjan desde abajo y desde los márgenes– y otra geopolítica –muestra las rivalidades entre las distintas potencias y las luchas por la hegemonía mundial– (Callinicos, 2005).

El mundo bipolar de la Guerra Fría transformó profundamente el imperialismo capitalista con el afianzamiento del modelo de acumulación estadounidense, ya que en la esfera bélica no han vuelto a ocurrir conflagraciones interimperialistas, en la económica se ha producido una creciente mundialización del capital (con las corporaciones transnacionales) y en la política se ha dado una gestión colectiva conjunta de los intereses mundiales capitalistas (Katz, 2023) mediante una arquitectura institucional liderada por Estados Unidos en Bretton Woods (Banco Mundial, FMI y GATT –OMC desde 1995–) y el sistema ONU.

Dichas organizaciones multinacionales absorben desde entonces atribuciones que en el pasado eran exclusivas de los Estados nacionales, pero no han llegado a substituirlos en una especie de ultraimperialismo (como el que teorizó Kautsky) o en un “imperio” supuestamente homogéneo y amébico, como imaginará años más tarde Toni Negri. Tras la conferencia de Yalta, Estados Unidos quiso evitar el caos del mundo de entreguerras asumiendo la gestión del capitalismo a nivel mundial y propiciando el librecambismo como gran patrón para evitar el quiebre del mercado mundial que produjo la Revolución de Octubre, el proteccionismo de los años 30 y las autarquías fascistas.

De Vietnam a Volker… la crisis señal

Si bien el Mundo de Yalta se verá ya sacudido a partir de 1956…, el 68 internacional tendrá un impacto mucho mayor en términos de debilitamiento del imperialismo yanqui en Vietnam, de creciente combatividad estudiantil, obrera y de las minorías racializadas en los países imperialistas y de ascenso antiburocrático estudiantil y obrero en los países del Este. No obstante, la contraofensiva imperialista no se hará esperar:

Ruptura estadounidense con el sistema de Bretton Woods, abandono de la paridad dólar-oro y estímulo de la financiarización entre 1970 y 1973.

Oleada de golpes de Estado y guerras contrainsurgentes en América Latina entre 1973 y 1991.

Penetración en el Sur Global de los petrodólares generados por el alza del precio del petróleo (desde la Guerra........

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