El intelectual que obedece al poder se convierte en un peligro público

¿Alguna vez has visto a un académico de renombre justificando un episodio violento desde la televisión? ¿O a un escritor prestigioso defendiendo al gobierno de turno con argumentos que parecen salidos de un guión elaborado en una oficina? Esa imagen tan cotidiana es exactamente lo que dos de los pensadores más importantes del siglo pasado identificaron como el gran fracaso del intelectual moderno.

El lingüista Noam Chomsky, nacido en 1928 y profesor durante décadas en el Massachusetts Institute of Technology, dedicó buena parte de su trabajo a desmontar la figura del intelectual que se pone al servicio del poder. Por su parte, el escritor italiano Umberto Eco, fallecido en 2016, construyó desde sus ensayos una advertencia similar pero con un tono más irónico. Ambos coinciden en algo incómodo: la mayoría de los pensadores no están para incomodar al sistema, sino para sostenerlo.

Este fenómeno ocurre hoy en cada país del mundo, desde las universidades más prestigiosas hasta los think tanks financiados por corporaciones. Los intelectuales tecnócratas, aquellos que creen que su conocimiento les da derecho a gobernar o a aconsejar a los gobernantes, han repetido el patrón una y otra vez durante el siglo XX y lo que va del XXI.

Para entenderlo mejor, Chomsky propone una diferencia. Un traductor de textos griegos que realiza su trabajo de manera mecánica no es necesariamente un intelectual. En cambio, un trabajador de una fábrica de acero que organiza un sindicato y se informa sobre política internacional sí puede serlo. La condición de intelectual no depende del título universitario ni del puesto laboral. Depende de la capacidad de reflexionar críticamente sobre asuntos públicos y de actuar en consecuencia.

Eco, por su parte, define al intelectual como aquella persona que desarrolla una función creativa en las........

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