Cuentos antárticos: El túnel

Nadie en nuestro grupo conocía la verdadera edad del túnel. Para nosotros, era simplemente una parte inamovible de la geografía, como la línea de la costa o las crestas de la sierra. Cada verano cruzábamos bajo su arco de sombra antes de iniciar el ascenso por los senderos, cargando el marisco que debía viajar hacia el sur, hacia Xolani, el orgullo de nuestra República. Subíamos lentamente, marcando el paso de las mulas, cuyas alforjas desbordaban el aroma salino de cangrejos, mejillones y almejas.

Para la mayoría, el túnel era solo un hueco. Pero en el solsticio, cuando el sol se niega a ocultarse, el lugar tomaba cierto halo sagrado. Algunas ancianas descendían de las aldeas costeras para depositar ramos de flores blancas en la entrada. Las niñas que las acompañaban miraban hacia esa garganta de piedra falsa con una mezcla de reverencia y espanto, alejándose caminando hacia atrás, sin quitarle el ojo, hasta que, en la seguridad del bosque de ñires –árboles pioneros, retorcidos por el viento— encontraban un cobijo para sus temores.

A veces,........

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