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Ese «algo» que nos sobra

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Hay «algo» indomable y poderoso dentro de los nacidos en esta Isla. Un fuego que perdura en sus entrañas, a veces en ascuas breves, otras en corpulentas llamaradas, pero siempre inextinguible. En la memoria del pueblo, con sus cargas legendarias contra reyes y tiranos, se define como la fragua que templa el espíritu, el impulso que obliga a erguirse aun cuando el horizonte parece cerrarse, o el grito que, ante cualquier amenaza, les despierta junto a los sentidos, bravura de fiera.

Ese sentimiento intenso hace cinco siglos incitó al cacique taíno Guamá a desafiar los arcabuces de los colonizadores españoles por casi diez años. ¡Qué fuego aquel, que hizo al hombre de pecho limpio y hacha de piedra enfrentar al opresor de mosquete y armadura de acero! Ya escribiría después el poeta Jesús Orta Ruíz, El Indio Naborí: «Ni Guamá, ni su mujer, ni su niña podrán ser, esclavos del invasor».

Igual chispa perenne alentó en octubre de 1868 el corazón de Carlos Manuel de Céspedes. «El día 10, en la madrugada, dicen que parecía un león enjaulado en su habitación. Tal vez se levantó, encendió la vela, todavía hojeó las páginas del Manifiesto. Lo cierto es que a las seis de la mañana abrió muy alentado la puerta, y allí habían hombres acomodados en todos los rincones, y él exclamó: “El soldado del deber no puede esperar que la aurora le sorprenda”», como cuenta el prestigioso historiador granmense Aldo Daniel Naranjo.

Lo dejó todo, su casa llena de recuerdos, los seres que amaba, sus riquezas, y con sus esclavos recién libertos, en una nube de machetes y valor, fue a combatir a la monarquía en la manigua. Así lo hicieron........

© Juventud Rebelde