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Se llamaba paz

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23.01.2026

«Hay un sitio en el mundo que se llama paz,/ habitado por la mayoría./ Es solo un espacio probable,/ al que se llega mediante la palabra/ y el corazón despierto». Así empezaba un poema, que empecé allá por el lejano 1979 y nunca terminé. Había triunfado el sandinismo en Nicaragua y en El Salvador avanzaba el FMLN («la paz que da la guerra», decía una canción cubana posterior); pero simultáneamente con el ¡Pare! que les pusieron a los guerrilleros salvadoreños —gracias al apoyo imperial en la era Reagan— se congeló mi poema. Meses atrás se habían firmado los acuerdos SALT-2 —a la larga inútiles— de limitación en el desarrollo del armamento nuclear.

Todas las palabras del idioma sufren desgaste semántico: libertad, igualdad, fraternidad, derechos humanos, justicia, democracia, pero la palabra paz permaneció en estado casi puro durante un buen tiempo por lo difícil que resulta contaminar su esencia con el antónimo: la paz siempre fue ausencia de guerra, y era muy difícil enmascararla con invasiones y bombardeos. Pero todo tiene su tiempo sobre el planeta, y los «escogidos del cielo» lograron la metamorfosis. Los halcones cambiaron el color del término: abanderados espurios de «los más altos valores», los conjugaron con bombas capaces de expandir —fuego y muerte en nombre de su paz— las bondades contenidas en la desigualdad y el abuso.

Un viejo refrán afirma que «del dicho al hecho........

© Juventud Rebelde