Sed a la carta
Antes de nuestra era, cuando se hablaba de transformar la gastronomía estatal —por ineficiente, corrupta, atrasada y burocrática—, la tabla de salvación que aparecía en el horizonte, al inicio de manera más o menos tenue, era la de caminar hacia la privatización.
Lo que se sugería era que la alternativa privada sería el remedio que automáticamente, por ley natural de la economía, del mercado y el sentido de lo propio, solucionaría con rapidez los males que proliferaban por diversos puntos de los establecimientos estatales.
Es decir (dándole para atrás a la máquina del tiempo), lo privado terminaría con un buen listado de disfuncionalidades o distorsiones, como se dice hoy.
Llegada la época actual, la segadora de la transformación no entendió ni de colectivos vanguardia nacional, ni de cafeterías en las cuales, mal que bien, salvabas el juego a cualquier hora del día o de la noche con cuatro kilos en los bolsillos. Es decir, lo bueno metido en el mismo saco con lo malo, y........
