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Sábanas blancas en los balcones

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07.07.2019

No asomaban las primeras luces del amanecer cuando, sin haber cumplido aún los 12 años, María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, hija del conde de Jaruco y futura condesa de Merlín, escapaba corriendo por las calles solitarias de La Habana colonial de la reclusión forzada en el Convento de Santa Clara y de sus claustros que hoy nos parecen tan hermosos.

Casi recién nacida, sus padres la habían dejado en manos de una abuela consentidora que le permitió crecer en plena libertad por el ancho espacio de las haciendas familiares. Para los condes de Jaruco importaba, sobre todo, hacer lobby en la corte de Madrid. Olvidaron la antigua advertencia de la Epístola moral a Fabio, según la cual «las esperanzas cortesanas / prisiones son do el ambicioso muere / y donde al más activo nacen canas».

Apostaron a la carta equivocada, la del invasor José Bonaparte. Sortearon peligros de toda índole para llegar a Francia cuando Fernando VII, «el deseado», recuperó el trono perdido. Pero ya María de las Mercedes se había casado con el conde de Merlín, alto oficial del ejército napoleónico. Tuvo un salón exitoso en París, donde recibía a los grandes músicos de la época. No olvidó del todo su tierra de origen. En el rejuego de la política, el primer reformismo cubano procuró su apoyo, teniendo en cuenta su destacada posición en la sociedad francesa. Viajó a La Habana y dejó un valioso testimonio de su estancia en el país natal.

Aunque criticara el trato abusivo a los esclavos, poco tuvo que ver la visión de la condesa con la historia de Aponte, ajusticiado ejemplarmente por lo que pudo haber hecho y por la amenaza que representaba para el poder colonial y en favor de la emancipación de los esclavos. Descendiente de libertos miembros de los batallones de pardos y morenos, informado de los acontecimientos que sacudieron a la vecina Haití, Aponte, portador de una cultura mestizada,........

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