No me da pena ser intelectual
Hace unas semanas asistí a la presentación del libro Estado o Algoritmo, de Matías Bianchi, en una cervecería de Palermo. Ahí estaban sentadas juntas —casi en la misma mesa— personas que en las redes sociales se agarrarían a golpes. Peronistas, libertarios, radicales, independientes. Y sin embargo, cuando el debate se abrió, algo curioso ocurrió: encontramos puntos en común. No unanimidad, no tibieza, sino un territorio compartido sobre qué Argentina queremos.
Poco después, en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, la periodista María O'Donnell presentó Montoneros: una historia visual, repasó la historia de esa organización guerrillera peronista y dio contexto sobre la política actual. No todos coincidíamos con ella. Yo mismo tenía mis reservas. Pero nadie se levantó a gritar, nadie se fue a los golpes. Hubo escucha. En estos tiempos, eso ya es bastante.
Dos escenas distintas. Un mismo fenómeno que me dejó pensando.
Porque existe una trampa semántica bastante perversa —en Argentina le dicen Corea del Centro, aunque sospecho que aplica en toda América Latina—: a quien busca matizar, contextualizar o entender algo antes de opinar, se lo llama tibio. Como si pensar antes de hablar fuera un defecto de carácter.
Pero yo ya viví esto antes. Y de una forma bastante más intensa.
Cuando estudiaba en la Universidad Pontificia Católica Santa Rosa, en Venezuela, fui
representante estudiantil ante el Consejo Universitario. Era el candidato de la........
