Teoría política del gato naranja
Teoría política del gato naranja
He tenido dos gatos. Uno se llamaba Willy y parecía saber lo que hacía. El otro se llama Rasputín y, en fin, basta con el nombre. Con el primero se podía convivir. Con el segundo, asistir.
Willy era un persa. Blanco, silencioso, con esa gravedad antigua de quien no necesita moverse mucho para hacerse notar. No maullaba: dictaba. Caminaba despacio, como si el tiempo fuese una cortesía que los demás debíamos observar en su presencia.
Tenía algo de perro, lo cual en un gato es casi una forma de herejía. Acudía cuando lo llamabas, se quedaba cerca, vigilaba la casa con una lealtad discreta.
No hacía grandes cosas, pero daba la sensación de que, si algo importante ocurría, él ya lo sabía. No imponía: ordenaba. No lucía: sostenía. Uno confiaba en Willy.
Corre, se detiene, descubre una verdad y la olvida en diez segundos. Se lanza contra sombras con la convicción de quien cree haber entendido el mundo. Se sube donde no debe y aparece siempre en medio de algo que no le incumbía. No tiene un plan. Tiene ráfagas.
A veces lo miro y me pregunto qué ocurriría si algo serio dependiera de él. No una cortina o una zapatilla. Algo con consecuencias.
Lo inquietante no es que se equivoque. Es que no necesita acertar. Siempre hay alguien dispuesto a aplaudir.
Durante unos segundos, parece saber exactamente lo que hace. Y en esos segundos uno llega a confundirse, que es como empiezan casi todos los problemas serios.
Willy, en cambio, no confundía a nadie. Podía aburrir, incluso. Pero uno sabía a qué atenerse. Su mundo tenía reglas, aunque las hubiese escrito él mismo.
Rasputín no escribe reglas. Las pisa, las mira un momento y sigue corriendo. Derriba algo, lo observa un segundo y se va. Como si nada tuviera consecuencias mientras deje de interesarle.
Y, sin embargo, se le mira más.
A Willy había que darle tiempo. Rasputín no lo pide. A veces, mientras lo veo girar en círculos con una convicción intacta, recuerdo a Willy, quieto al fondo, manteniendo el orden sin reclamar atención.
Y me pregunto en qué momento aquello dejó de parecernos suficiente. En qué momento empezamos a confundir movimiento con dirección.
Porque no fue el gato quien cambió. Fuimos nosotros.
Y ahora, mientras Rasputín salta sobre la mesa con una seguridad que no admite preguntas, uno recuerda a Willy, en su sitio, haciendo que todo encajara sin hacer ruido.
Y entonces entiende algo incómodo: no es que hayamos dejado de reconocer la calma. Es que ya no nos interesa.
Y entre el animal que sostiene la casa y el que la convierte en espectáculo, hace tiempo que venimos eligiendo al segundo.
Luego nos sorprende el ruido. Los gatos no tienen la culpa. Lo preocupante es quién empezó a reír.
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