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Octavio estaba allí

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saturday

Un operario riega las plantas de la Glorieta, en una imagen de archivo / Áxel Álvarez

Hace unas semanas me enteré de que había muerto Octavio. Da igual el apellido. También el apodo y el oficio. Digamos que se llamaba Octavio, que había pasado ampliamente de los noventa años y que yo tuve la suerte de conocerlo.

Fui a verlo por Guardamar. Estaba preparando El mar que respiras y necesitaba saber cómo era aquel pueblo muchos años atrás, en un tiempo que ya no existe más que en la memoria de quienes lo vivieron. Cómo se vivía entonces, qué hacía la gente, adónde iba, qué había junto al mar. Esas cosas pequeñas, casi invisibles, que sostienen una época entera cuando uno se pone a escribir sobre ella. Llevaba algunas preguntas preparadas. Octavio tenía las respuestas y muchas más de las que uno espera.

Lo entrevisté dos o tres veces. Tenía una memoria extraordinaria. No extraordinaria para su edad, como se dice a veces con cierta condescendencia, sino extraordinaria sin más. A los ochenta y tantos había dejado de jugar al tenis porque sus contrincantes ya no podían seguirle el ritmo. No él a ellos. Ellos a él. Eso era Octavio.

Le preguntaba cosas muy concretas, casi humildes: de qué hacían las pelotas de fútbol cuando era niño, cómo eran las calles, dónde iban los jóvenes, cómo se buscaban la vida. Él contestaba y, a veces, mientras lo hacía, dejaba de mirarme. Eso es lo que más recuerdo. Dejaba la mirada suspendida en algún punto que no estaba en la habitación. No sé dónde, pero tengo la impresión de que veía algo. Como si detrás de sus ojos siguiera existiendo un lugar al que podía regresar cuando quisiera. Un Guardamar, un Elche, unas calles y unas personas que para mí eran fotografías antiguas y para él seguían moviéndose. Yo nunca podría entrar allí. Solo podía preguntar.

En una de aquellas conversaciones empezó a........

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