La culpa es del perro
El presidente de EEUU, Donald Trump, en declaraciones desde el Despacho Oval. / Europa Press/Contacto/Aaron Schwartz - Pool via CN
En algún lugar entre Florida, el esperpento y un campo de golf abonado con esmero —no tanto de hierba como de ego— hay un perro. No un perro cualquiera: el perro. El único ser en kilómetros a la redonda que no necesita mentir… porque nadie le exige explicaciones.
Un animal astuto, con mejor instinto que muchos analistas y más discreción que un asesor en vísperas de despido. Nadie lo ha visto. Precisamente por eso convendría empezar a creer en él.
Porque hay momentos —cada vez menos excepcionales— en los que uno escucha a Donald Trump y tiene la incómoda sensación de que ahí falta alguien. O sobra.
No puede ser solo cosa de un hombre. Tiene que haber un perro. Pero no uno metafórico, de esos que sirven para tranquilizar conciencias. No. Un perro de carne, hueso y oportunismo. Uno que entra en el despacho sin pedir permiso, examina un informe sobre asuntos graves —pongamos, mandar a otros a lugares donde las balas sí tienen consecuencias— y decide que ese papel merece un destino más digno: el suelo.
—Esto es delicado —dice alguien que aún cree en las palabras.
El perro ladea la cabeza.
Y el mundo sigue su curso. O su tropiezo.
Durante años hemos insistido en atribuir profundidad a todo. Como si detrás de cada frase hubiera un plan, detrás de cada exceso una estrategia, detrás de cada disparate… una inteligencia retorcida esperando ser comprendida. Y no. A veces no hay tablero. A veces solo hay piezas moviéndose porque alguien —o algo— las empuja.
El perro, en realidad, no tiene la culpa. Hace lo que hacen los perros: olfatea, empuja, insiste, vuelve a empezar. No distingue entre una pelota y un informe clasificado. Todo le parece susceptible de ser desplazado.
El problema es el resto. Ese coro de adultos que, en lugar de abrir la puerta y señalar la salida, toma notas.
Y así llegamos a este punto en que la realidad empieza a parecer una parodia escrita con desgana. Se dicen cosas que hace diez años habrían provocado dimisiones fulminantes y hoy apenas levantan una ceja. Se habla de guerras con la ligereza de quien comenta el tiempo: posibilidad de tormenta, rachas de misiles al anochecer.
Y el perro, encantado.
Hay algo admirable —si uno afina el cinismo— en esa persistencia. La mentira ya no necesita disfrazarse: le basta con repetirse hasta volverse doméstica. Como una gotera.
Al principio irrita. Luego acompaña. Y un día, sencillamente, deja de oírse.
Entonces llega el desenlace habitual. Cuando las grietas ya no se pueden disimular, cuando las decisiones pasan factura y el decorado cruje, se activa el mecanismo más antiguo del oficio:
La culpa es de otros.
El perro, por supuesto, no comparece. No tuitea, no se justifica, no reparte responsabilidades. El perro estuvo allí, sí, empujando suavemente el mundo con el hocico, mientras los adultos ensayaban el papel de serlo.
Y tal vez ahí resida el problema.
Porque si retiramos al perro de la escena, si aceptamos que no hay nadie escondido bajo la mesa inclinando las decisiones… entonces todo se vuelve mucho más claro.
Y bastante menos tranquilizador.
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