Guardia de martes

Guardia de martes

Hay hospitales que de madrugada no parecen centros sanitarios, sino restos arqueológicos de un pacto social. Pasillos largos, luz blanca, máquinas que pitan como si tuvieran memoria. A las tres y veinte de un martes cualquiera, el silencio no es calma: es desgaste acumulado.

El doctor Salgado lleva treinta años haciendo guardias. Treinta. La cifra pesa más que cualquier diagnóstico. Tiene cincuenta y tantos, la espalda tocada y esa forma de mirar las pantallas como quien sabe que el enemigo ya no es la enfermedad, sino el tiempo. Revisa una analítica por tercera vez. No porque lo necesite, sino porque retrasar un minuto la siguiente habitación es, a estas horas, una forma mínima de autodefensa.

A su lado está Laura. Veintisiete años. Residente de segundo. Mira el reloj. No con ansiedad, sino con método. Como quien controla constantes vitales. Sabe cuántas horas lleva despierta porque ha aprendido algo que durante décadas se consideró sospechoso: que el cuerpo también cuenta.

Antes no mirábamos tanto el reloj —dice Salgado.

No es un reproche. Es una frase heredada, repetida tantas veces que ya parece una ley natural.

Laura tarda en........

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