Groenlandia
Vistas de Nuuk, capital de Groenlandia. / EFE / Anxo Lamela / ARCHIVO
De niño creía que el mundo se acababa un poco más allá de los almacenes de los labradores. Allí donde el pueblo dejaba de ser pueblo y empezaba un descampado sin nombre, ardiente en verano y desangelado en invierno, levantamos nuestra primera patria. La llamábamos Groenlandia, aunque no supiéramos señalarla en un mapa. Nos bastaba con que sonara lejana, grande, invencible.
La cabaña la construimos con somieres oxidados que chirriaban al moverlos y con trozos de uralita sacados de una obra donde nadie parecía echarlos de menos. El techo dejaba pasar la luz en rendijas torcidas, y a veces el sol entraba como un intruso curioso, a ver qué conspirábamos allí dentro.
Desde aquel refugio planeábamos expediciones al cementerio —que para nosotros era América, o algo todavía más lejos— y mirábamos la........
