El capazo |
Una vista aérea del barrio de Carrús, en una imagen de archivo / Antonio Amorós
Vuelvo a Carrús de vez en cuando. No porque espere encontrar el barrio de mi infancia. Hace tiempo que entendí que ese lugar ya no existe. Vuelvo por si aparece una cara conocida, un olor capaz de engañar a la memoria o la voz de alguien que todavía pronuncie mi nombre como lo hacía cuando tenía diez años.
Casi nunca ocurre. Las calles siguen ahí. Algunas fachadas también. Pero el barrio siempre fue la gente.
Recuerdo especialmente a una vecina. Ella y su hermano tenían juguetes que, en mi casa, parecían de otro planeta. Hoy sé que no eran mejores que los míos. Solo tenían una ventaja imposible de igualar: no eran míos.
Ahora me la cruzo de vez en cuando en un centro comercial. Nos saludamos. Sonreímos. Y seguimos cada uno nuestro camino. No siento nostalgia de ella. Siento la certeza de que hubo personas sin las que no entendía una tarde y que, sin despedidas ni discusiones, desaparecieron de mi vida como desaparecen casi todas las cosas importantes: poco a poco.
En aquella escalera cabía un mundo entero. Podías hacerte inseparable del vecino del tercero, enamorarte de la chica que vivía dos rellanos más abajo o descubrir, años después, que el hijo de unos vecinos........