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Aguantando hasta el final

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11.04.2026

Imagen general del estadio Martínez Valero. / A. R.

El fútbol se parece a la vida, con la ventaja —solo aparente— de que dura noventa minutos y, en teoría, tiene reglas claras. Luego uno se sienta en la grada y descubre que ni lo uno ni lo otro son del todo ciertos. A mi izquierda, en el anillo superior del estadio del Elche, se había instalado un grupo de unos 300 británicos entregados a una forma de entusiasmo que oscilaba entre lo festivo y lo clínicamente preocupante. Era agosto. Primer partido contra el Betis. El calor caía con una determinación que, de haber sido una persona, habría requerido supervisión judicial. La humedad hacía el resto. Aun así, resistían. Sudaban con disciplina y bebían una sustancia de composición incierta que, por su comportamiento en el vaso, no parecía contener alcohol. El partido empezó según lo previsto. El Betis, equipo serio, imponía su lógica. Nosotros ofrecíamos algo más abierto a interpretación. Fue entonces cuando reparé en uno de ellos. A unos quince metros. No aplaudía. No protestaba. No participaba. Palidecía con método. Lo llamativo no era su estado, sino su negativa a reconocerlo. Mientras los de alrededor empezaban a mirarlo, él se mantenía firme, como si todo respondiera a un plan. Gol del Betis. Era previsible. Alguien pidió ayuda sin alterar demasiado el ambiente. Me acerqué. Taquicárdico. Pálido. Aspecto lipotímico.

—¿Se encuentra bien? Dudó lo justo.

—Sí, sí. El partido siguió.

El Elche mejoró. Empató. Yo estaba de pie sin haberlo decidido. Mientras tanto, el británico persistía. Palidecía, pero con coherencia. Llegaron los de seguridad, luego los camilleros. Evaluaron la escena con calma, como si hubiera margen. Solo al final, cuando ya no quedaba nada que sostener, el caballero admitió que la cosa pintaba regular. Hasta entonces había opuesto una resistencia discreta pero firme. No quería irse. No quería perderse el partido. Cada sugerencia —primero la mía, luego la de los de alrededor, más tarde la de los propios sanitarios— era recibida con educación y una negativa constante. Se levantó. El pantalón mojado confirmaba que había vomitado la bebida. Sin alcohol. Subió los escalones con dignidad.

—No lo conocemos —me dijeron los de al lado—. Solo viene al fútbol con nosotros.

—¿Y alguien a quien avisar? —Es vecino. Solo hay que darle de comer al gato.

Durante muchos minutos, el Elche hizo las cosas bien. Hubo orden, intención, incluso cierta ilusión. Pero no terminó de concretarse. Empatamos. Nos quedamos a una orilla perfectamente visible. Febas lo intentó hasta el final. No hubo premio. No tengo ni puñetera idea de fútbol, como casi todos, aunque opinemos con seguridad sobre esto, la política o la religión. A lo largo de la temporada han ido pasando cosas. Golpes pequeños. Nada definitivo. El equipo ha seguido, a veces con sentido, otras por pura inercia. Hay algo nuevo en todo esto: mantener al entrenador pase lo que pase. Tiene algo de convicción. Y, en el fondo, también algo de sentido. No sé si es lo mejor, pero hay cierta coherencia en aguantar. En no cambiar cuando vienen mal dadas. En ver hasta dónde se puede llegar sin romperlo todo a la primera. Supongo que, en el fondo, se acerca a lo del británico. Supongo que por eso nos acabamos pareciendo a aquel hombre. Aguantamos. Insistimos. Seguimos, incluso cuando todo apunta en otra dirección. A veces sale bien. Otras no tanto. Pero, llegado ese punto, ya no se trata de jugar mejor, sino de seguir ahí cuando todo se pone un poco cuesta arriba. Al salir del estadio vi la ambulancia. Supuse que iba dentro, camino del hospital. Y pensé que, en el fondo, tampoco lo había hecho tan mal. Aguantó hasta el final. Como casi todos. Y, en ese caso, al menos espero que alguien se acuerde de darle de comer al gato.

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