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Las niñas de la escuela iraní

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28.03.2026

Más de 50 niñas muertas en un ataque israelí contra una escuela en el sur de Irán

Utilizamos el lenguaje con diversos fines. Uno de ellos es el de explicar la realidad. Con los eufemismos tratamos de explicarla, en este caso, de una forma interesada y tramp(osa). Y así, el hecho monstruoso de bombardear una escuela de niñas en plena guerra es un “daño colateral”. Es decir, “un efecto secundario, no planeado, que afecta a civiles, infraestructuras o fuerzas neutrales o amigas”. Como si al tratarse de objetivos no planificados la muerte no fuese tan definitiva o tan dolorosa.

El día 28 de febrero de 2026, en la ciudad iraní de Minab, provincia de Hormozgan, la escuela primaria femenina Shajare Tayebé fue bombardeada de manera brutal con misiles de los ejércitos de Israel y EE. UU. Ambos países habían declarado ese mismo día, de forma ilegal e injusta, la guerra a Irán. Dos misiles segaron brutalmente la vida de ciento setenta y cinco personas, en su mayoría niñas. ¿Error fatal? ¿Puntería cruel?

He visto una foto aérea de las fosas alineadas en las que se iban a depositar los cadáveres de estas víctimas inocentes. ¿En nombre de qué dios, de qué derechos, de qué causa, de qué intereses se pueden justificar estas muertes? ¿Quién les explica a los padres y a las madres de estas niñas, de entre 7 y 12 años, que tenían que morir porque así lo habían decidido los señores de la guerra, Donald Trump y Benjamin Netanyahu?

Me imagino a las niñas preparando en la víspera sus mochilas y sus libros, repasando las tareas, colocando sus vestidos o uniformes al lado de la cama, incluido en algún caso el hiyab. Me las imagino escuchando la llamada del despertador o de sus padres para proceder a las rutinas del aseo y del desayuno, felices porque iban a estudiar y a jugar en su escuela. Me las imagino saliendo presurosas, solas o acompañadas por un adulto, para llegar con puntualidad a las clases. Me las imagino repartiendo saludos de buenos días a sus compañeras, a sus amigas y a sus maestras, entrando en sus aulas y ocupando sus pupitres, completamente ajenas a que dos desalmados, después de descansar a sus anchas, hubieran decidido, sin piedad, poner fin a sus vidas. Tenían que pagar con su muerte el precio de sus intereses políticos y económicos.

De pronto todo se llena de escombros y de ruidos horribles, de humo, de lágrimas, de dolor y de muerte. La noticia corrió a la velocidad de la luz. Me imagino a los padres y a las madres corriendo hacia la escuesla y buscando entre las ruinas el cadáver de sus hijas y abrazando sus cuerpos inertes entre lágrimas.

Me imagino a esos padres y madres contemplando por la noche la cama vacía de sus hijas y pidiendo explicaciones a su dios en la oración vespertina. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Imposible conciliar el sueño. Imposible calmar el dolor, la rabia y el desesperación.

¿Entenderán los padres y las madres las explicaciones de los políticos que han desencadenado la guerra diciendo que pretendían liberar a sus hijas de un régimen autoritario y androcéntrico que les iba a robar la libertad? ¿Perdonarán a esos políticos cuando descubran que sus verdaderos intereses estaban en el gas, en el petróleo y en los bienes de su país? ¿Aceptarán el propósito cumplido de esos políticos de eliminar a sus líderes para convertirse por la fuerza en sus nuevos amos? ¿Darán por buena la muerte de sus hijas cuando piensen que esos políticos indecentes han declarado una guerra de espaldas al derecho internacional, imponiendo la ley de la selva? ¿Se calmará su dolor cuando comprueben que las empresas armamentísticas llenarán sus arcas de dinero con el negocio de la guerra?

Sobre la memoria de estas niñas seguirán cayendo los escombros de viviendas, hospitales, escuelas, universidades, tiendas, fábricas, mezquitas y demás edificios construidos con el dinero y el sudor de ciudadanos y ciudadanas de su país. Seguirán cayendo cadáveres de niños y adultos inocentes. Y la indiferencia atroz de los invasores.

Imagino que los padres y las madres de esas niñas asesinadas sentirán desprecio y rabia cuando recuerden que el genocida Benjamín Netanyahu llegó no hace mucho a la Casa Blanca para entregar al señor Donald Trump la propuesta de su candidatura al premio Nobel de la Paz. Y cuando recuerden las imágenes de la señora Corina Machado entregando al presidente de los EE. UU. el premio que ella había recibido no sabemos muy bien por qué. Y las imágenes del presidente de la FIFA entregando al belicoso presidente el primer premio de la Paz de su organización.

Me duelen esas niñas asesinadas en la escuela, el lugar por excelencia en el que se trabaja para alcanzar la paz en el mundo. La decisión de los poderosos cambió su pupitre por un ataúd.

Cuando vi aquella imagen impresionante de las fosas preparadas para albergar los cadáveres de esas niñas pensé con preocupación en el rumbo que está tomando nuestra especie. En la selva en la que se está convirtiendo nuestro mundo. El más fuerte domina y destruye al más débil. Pensé que esos personajes con poder fueron colocados en sus puestos por el voto de millones de votantes que habían pasado muchos años en las escuelas. ¿Qué aprendieron en ellas para votar a esos siniestros personajes y para callarse ahora (e incluso apoyarlos) cuando toman una decisión que causa la muerte de esas niñas?

El bombardeo de la escuela de Minab, al sur de Irán, tiene un especial contenido simbólico. Destruir una escuela, matar a sus maestras y alumnas (al parecer fallecieron también algunos padres y madres) es asestar un golpe mortal al epicentro de las soluciones del conflicto bélico. El final de las guerras no está ni en los despachos ministeriales, ni en las multinacionales, ni en los bancos, ni en los cuarteles ni en las iglesias. Está en las escuelas.

Es la educación el eje de la transformación de las sociedades. Dijo Mandela que la educación es el arma principal para transformar la sociedad. Y Freire señaló que la escuela no cambia el mundo, cambia a las personas que van a transformar el mundo. Por eso, aniquilar una escuela, acabar con la comunidad educativa conlleva la destrucción del lugar donde se forja la paz.

Es también un símbolo de la contradicción y la mentira que encierra la guerra declarada por Israel y EE.UU. En teoría pretende acabar con un régimen que esclaviza a las mujeres, que coarta su libertad, que no ampara sus derechos. Sin embargo, para conseguir esos beneficios, asesina a maestras y alumnas de una escuela. La supuesta liberación (que nunca se ha producido cuando se han declarado otras guerras) se convierte en una mentira flagrante, en una trampa mortal.

En la escuela fructifica el embrión de la paz. La mente de las personas se llena de ideas y de ideales. El corazón se colma de bondad y de solidaridad. Así se forma a los ciudadanos y a las ciudadanas que habitarán el planeta de forma responsable, solidaria y pacífica, que elegirán a los gobernantes guiándose por principios y que no tolerarán que pongan en marcha la maquinaria irracional y cruel de la guerra.

El Congreso convalida el decreto de ayudas por la guerra en Irán, con el voto en contra de Vox

El Congreso convalida el decreto de ayudas por la guerra en Irán, con el voto en contra de Vox / Europa Press

Sobre las tumbas de las niñas de la escuela Shajare Tayebé me gustaría plantar miles de cerezos que floreciesen y llenasen el ambiente de belleza y olores que perfumasen una tierra que fue machacada por las bombas y que fue regada por lágrimas amargas de tristeza y de desesperación. Una plantación que nos recordase que la educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos.

Me entristece y me irrita comprobar que la derecha de mi país pida que estemos de parte de nuestro aliado. Eso no sería lealtad, sería servilismo. Porque lo que ha hecho nuestro desleal aliado (vemos que las consecuencias de la guerra nos están castigando con la subida vertiginosa de los precios) es declarar una guerra injusta, ilegal, irracional y cruel a un país soberano. Un aliado que decidió por su cuenta bombardear a otro país sin someter esa brutal iniciativa al órgano pertinente de las Naciones Unidas. Y que ni siquiera tiene la anuencia del Parlamento de su país.

La derecha ni siquiera ha denunciado esta masacre en una escuela de niñas iraníes. Se ha mantenido al lado del invasor haciéndose partícipe de la destrucción, de la muerte y del dolor de sus familias. Hay que situarse en el lado correcto de la historia. Hay que decir no a la guerra y a sus males infinitos. Hay que elevar la voz contra la muerte de las niñas y las maestras de esta pequeña escuela de Minab.

No se puede vivir sin esperanza. Hay que clamar contra la violencia, hay que trabajar por la paz. El lugar más indicado para hacerlo de forma eficaz es la escuela, que es un espacio de paz, como dice con su vida mi amigo José Antonio Binaburo. Hay que vengar la muerte de las niñas de la escuela Shajare Tayebé con un compromiso acendrado por la paz. Decía Confucio: “La educación trae confianza, la confianza trae esperanza y la esperanza trae la paz”.

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