Un año

El abogado Rafael Simón Gil. / INFORMACIÓN

Una vez me dijiste en una de nuestras innumerables charlas de cine que no hay un comienzo ni un final mejor que el que dirigió John Ford en Centauros del desierto. La puerta se abre para darnos a conocer un mundo nuevo y presentarnos a sus protagonistas, y cuando la misión ya está acabada, la puerta se vuelve a cerrar. Es una buena metáfora de lo que es la vida, quizás sea eso, pero aquí la misión no es rescatar a una joven, sino dejar huella en las personas a las que quieres y que el paso por la vida sea valioso. Así la vida y el recuerdo mantendrán, aunque se haya cerrado, la puerta siempre abierta.

Observando el fuego de una chimenea, recordé lo hipnotizante que era para ti mirar aquel destello de luz. Lo que pensabas mientras el rugido de la madera te cautivaba es algo que nunca sabré. Quizás tarareabas las composiciones de tus admirados Wagner o Verdi, a lo mejor imaginabas un cuadro de Bacon o una escultura de Giacometti (aún recuerdo tu foto de perfil de WhatsApp con una de ellas), o tal vez, recordabas a personas queridas. La dureza con la que ha pasado este año me ha enseñado mucho, tanto que no querría haberlo aprendido, pero la vida depara momentos duros a los que uno tiene que sobreponerse. Entre las cosas que he podido ir aprendiendo a lo largo de este fatídico año es a contemplar a través de tu recuerdo. Ya no es igual mirar las cosas, como el simple fuego de una chimenea, no es lo mismo escuchar música, leer un libro ni ver cine, todo ha cambiado, por desgracia, pero ha cambiado. Ahora veo, escucho, leo, pero también recuerdo. Recuerdo todos aquellos momentos compartidos, recuerdo toda tu sabiduría, de la que intentaba impregnarme en cada momento. No deja de ser sorprendente la capacidad del ser humano por sobreponerse y evolucionar.

El dolor permanece, pero el tiempo hace que el recuerdo se convierta en una especie de placebo que anestesia ese dolor. Por ello los buenos momentos siempre ganan a los malos o, al menos, eso queremos imaginar. Y entre tanto recuerdo y cariño, no olvidamos tu pasión por viajar, con tu querido Londres; tu amado Derecho, al que dedicaste toda tu vida profesional y por el que nunca dejaste de trabajar; tu amor por la gastronomía, y tu arroz con costra, que no he vuelto a comer; tu paz con tu música clásica mientras escribías o leías; tu cerveza después de trabajar, a la que tantos nos hemos sumado; tu palabra, que todos escuchaban digna del que tiene ese poder de conocimiento y sabiduría; tus grandes amigos, hermanos y hermanas, quienes comparten siempre con alegría haber vivido contigo tantos momentos, y el cariño con el que transmiten esos recuerdos hacen saber cuánto disfrutaron contigo; y lo más importante, tu legado, el que has creado junto a mamá: tus hijos y tus nietos, en quienes has dejado un poso y un recuerdo que nunca se irá. Y es por ello que, aunque me haya costado mucho, me encuentro aquí, intentando rendirte homenaje haciendo una de las cosas con la que más disfrutabas para expresarte, escribiendo un artículo. Con el paso de los días, semanas, meses, mi memoria seleccionaba, con cada momento, una imagen de ti, y no lo puedo explicar mejor que tu admirado Van Morrison, «Éstos son los días que ahora debemos saborear y debemos aprovechar al máximo. Éstos son los días que durarán para siempre, necesitas guardarlos en tu corazón». Papá, la puerta no se ha cerrado, y la llama de luz de la chimenea sigue encendida, pues me has regalado incontables momentos contigo en los que ahora puedo pensar siempre con alegría, y tengo que decirte que eso no me lo ha enseñado el tiempo, me lo ha enseñado tu recuerdo.

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