Yo sí defenderé al Botànic |
Palau de la Generalitat. / Manuel Molines
En su artículo de la semana pasada, Juan Ramón Gil constataba que nadie defiende al Botànic, al gobierno valenciano entre 2015 y 2019. De hecho, el artículo tenía el expresivo título de «Enterrar el Botànic». Concluía que, si ninguno de los partidos que lo conformaron lo hacía, sería que no merecía la pena hacerlo. He comentado el artículo con él y con otros amigos, personas con criterio. Y he seguido alguna intervención en redes sobre el asunto. No coincido con una posible deducción de Gil -no merece la pena invocar el Botànic- y coincido con otra -hay un sospechoso e injusto silencio. Es demasiado pronto para encomendar a los historiadores el asunto. Pero es más que oportuno, para la izquierda, recordar y defender su legado. Tanto más cuando, curiosamente, las derechas, mostrencas y desdibujadas como nunca, no atacan aquella experiencia, como si temieran que suscitar un debate no les conviniera. En esto tienen razón. Y no apreciarlo perjudica a la izquierda. Por eso yo sí defenderé al Botànic.
Y no por haber sido uno de los miembros del Consell durante sus primeros cuatro años. Que ya sería suficiente: para mí fue un honor. Tanto, que justifica esta frase que casi siempre es cursi en su exageración. Nunca agradeceré bastante a Mónica Oltra y a Ximo Puig la confianza que pusieron en mí; ni a mi partido, Compromís, haberlo facilitado. Aprendí y me divertí. ¿Qué más se puede pedir? Pienso que sería bueno que todos los políticos tuvieran este enfoque. Y, además, considero que alguna cosa de utilidad hice. Pero eso, si acaso, que lo expliquen otros.
Pero, como digo, no es por eso que ahora escribo para matizar a un amigo. Soy poco dado a la nostalgia, y menos en política: es uno de sus demonios, en el que tantos caen, incapaces de quitarse de encima la capa de púrpura que, supone, regala algún cargo. Si escribo es porque la defensa del Botànic supone un instrumento de primer orden para caminar a las próximas Elecciones -las de la dana, Trump y la necesidad de revivir la UE-. No se trata de aportar cuentas de aquella gestión, en sentido estricto. La gestión del Botànic fue más que aceptable, verificada en la aprobación anual, en tiempo y forma, de sus presupuestos -y aquí quiero traer dos nombres clave en ello: Vicent Soler e Iván Castañón-. Pero también en la implementación en muchas áreas de avances de tipo social como los que Aitana Mas detalló pormenorizadamente hace unos días en otro artículo digno de tener en cuenta. Pero la gestión corre siempre el riesgo de perder sustancia cuando se aleja en el tiempo y las cifras se vuelven esquivas. Téngase en cuenta, además, que la gestión consistió, sencillamente, en restaurar una administración devastada, anulada, con funcionarios desmotivados y ciudadanos absolutamente desencantados. Piénsese en la destrucción de RTVV, de la lógica de la legislación urbanística, de la cooperación internacional o en abandono de la intervención para renovar los sectores productivos. Casi todo sustituido por un clientelismo y nepotismo que ahora el PP se empeña en volver a usar como tarjeta de visita. En todo caso, esa buena gestión fue posible por rasgos que indicaré.
Lo auténticamente importante son dos cosas que son las que parecen olvidarse: 1) Una tangible voluntad de cambiar la forma de actuar políticamente. 2) La articulación de vínculos y mensajes que traslucían la capacidad de derrotar a la derecha. Lo que el Botànic experimentó fue una alternativa que podemos denominar de «buen gobierno», en el sentido de que existía el convencimiento de que la manera de gobernar, a medio plazo, condiciona la aplicación y perdurabilidad de las decisiones adoptadas. Es cierto que en 2015 hubo un alud de nuevas propuestas en España. También es cierto que la mayoría fueron efímeras, desordenadas, improvisadas; más preocupadas por su gestualidad que por sus efectos prácticos. De ahí la rápida destrucción de los presuntos modelos alternativos de organización de lo político. Aquí, sin embargo, las fuerzas que constituyeron el eje del Botànic siguen estando disponibles para un nuevo ciclo y, pese a algunas desventuras, no sufrieron una estrepitosa derrota.
¿Cuáles fueron esos rasgos distintivos? Al menos, los siguientes:
1.- La firme apuesta por el acuerdo, por la alianza de las izquierdas, modulada por las preferencias de cada una de ellas. Desde el mismo minuto en que cerraron las urnas el pacto estaba decidido. Ello era así porque se había forjado en los años anteriores una cultura compartida, basada en la necesidad de acabar con la imagen de una Comunidad Valenciana entregada a los estragos de la corrupción. Corrupción que era algo más que la extracción de fondos públicos camino de bolsillos privados: era una forma de entender la vida en común y la economía valenciana para buena parte de las élites y sus pertinaces arrimados.
2.- Ese gobierno plural -prolongado, con desigual fortuna, en muchos Ayuntamientos, incluidos los principales-, no fue cosa de acuerdos entre cúpulas, sino que expresó el diálogo permanente con la plural sociedad valenciana, ahogada por lustros por un poder del PP inmoderado y abusivo, y, a veces, delictivo. Por ello, las fórmulas de relación con la sociedad civil cambiaron rotundamente. La gestión a la que me referí fue también posible porque se partió de esa necesidad de conversar con -casi- todos y con atender prioritariamente a los más frágiles. La gestión trató de ser estructural y planificada. Y adentrarse en aspectos centrales como la reversión de la privatización de la sanidad. Que no siempre se pudiera o se supieran hacer algunas cosas no resta importancia a lo intentado. Nunca un gobierno dio más muestras de transparencia sobre sus intenciones, proyectos e insuficiencias.
3.- La identidad valenciana fue reconsiderada y no se centró tanto en símbolos y gestos como en mostrar, a los de aquí y a los de fuera, que la integridad podía ser una seña de identidad potentísima. Por eso se extremaron los mecanismos de prevención del mal gobierno y de actuación desde la austeridad. Se inauguraron nuevas políticas que hicieron que el pueblo valenciano se reencontrara consigo mismo y con el futuro. Y ese deseo de transformar la identidad no se encerró en la propia Comunidad: hubo un deseo de cambiar cosas en la gobernanza de España -en un sentido federalizante- y de insistir en la europeidad de los valencianos. ¿Todo salió bien? Ni mucho menos. Pero los niveles de voluntarismo naif en los que cayeron otros «gobiernos del cambio» aquí fueron mucho más reducidos y pasaron por el tamiz presupuestario, pese a que no se logró un cambio en la financiación, lo que siguió haciéndonos débiles y vulnerables.
Si en todo esto estoy equivocado me gustaría que algún dirigente de las izquierdas valencianas me contradijera. Y, si quiere, también de la derecha. Pero si no lo estoy me gustaría también que me aclarara por qué no se establece un relato sostenido en el tiempo -y el tiempo se acaba- que actualice aquello. Sobre todo en un punto crucial: ni Compromis ni PSPV-PSOE han dejado claro nunca, ni en los días más amargos del barro, que la única manera de que las derechas, dadas a la corrupción o al desinterés por lo más importante, no vuelvan a gobernar es que sean vencidas por las izquierdas y que eso sólo se conseguirá coordinando políticas, actitudes y proyectos, de manera que la ciudadanía pueda apreciarlo e ilusionarse, pasando de la pasividad a la complicidad. No puede quedar todo al albur de ver si las fuerzas más pequeñas arman su enésimo catafalco de sueños rotos y de agravios sostenidos.
Porque la respuesta a la pregunta sobre las razones del entierro del Botànic es que la dirigencia actual de los partidos prefiere sostener este enigma antes que salir a las plazas y a las tribunas a seducir y convencer. Para muchos de esos dirigentes es más cómodo y provechoso mantener un sostenido tono bajo, esperar de Madrid las horas buenas y fantasear con un triunfo del que pueda excluir al otro o, al menos, someterlo. Nada más lejano del impulso que movía al Botànic un año antes de constituirse. No se trata de inventar un Botànic 3. Sí de inventar una victoria que sea, otra vez, dueña de su propia historia. Está cara la generosidad, las cosas como son. Gente de fiar me dice que no, que me equivoco. Pero eso da igual: lo importante es lo que se ve, lo que se oye. Y no en redes iniciáticas sino en el viento. Y así seguimos: con la cara al viento. En su discurso de toma de posesión, Nelson Mandela citó un poema de Marianne Williamson; uno de sus versos era el siguiente: «El hecho de jugar a ser pequeño no le sirve al mundo».
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