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Geografía o historia: el pudridero

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11.04.2026

Geografía o historia: el pudridero

La acción de escribir un artículo dedicado a analizar la actualidad política supone el deseo de establecer una cierta lógica en la realidad, reducir algunas variables a una línea común: hacer comprensible lo que (nos) sucede. Vano intento, a veces. La dispersión es de tal magnitud que esa es la única razonable actualidad a constatar. Y ese es uno de los principales problemas de la democracia: se vuelve ilegible, esencialmente desordenada, prisionera de deseos y presunciones fácilmente convertibles en odios y nostalgias. Así esta semana, en la que parece que hasta el fútbol se vuelve borroso: la alternativa de defender un VAR para la política también se revela ficción dudosa. Nos queda estar en la luna: de ahí el apasionamiento por el viaje sideral y sus circunstancias. Pero aquí abajo la cosa está más que confusa.

El gran sociólogo Bourdieu -¡regresemos a algunos clásicos, por favor!- estableció que el “no sabe/no contesta” en las encuestas y las abstenciones, lejos de expresar siempre desinterés o ignorancia, pueden revelar que en la esfera pública hay segmentos, a veces muy grandes, que no alcanzan a expresarse en la común razón y lenguaje que estabiliza a las sociedades; aunque sepan, aunque comprendan. Me atrevo a añadir que, a veces, eso mismo puede derivar hacia un voto-castigo al que dé igual lo que haga el instrumento de su venganza: inasequible a lo concreto, basta con enfadar a una mayoría o/y a los percibidos como élite. Así, no es que el actual aislacionista o votante de extrema derecha sea necesariamente inculto -burdo error en el que caen sin parar las gentes progresistas, altivas y soberbias-, sino que usa un lenguaje impreciso pero eficaz para expresar sus miedos y disgustos, aunque deba apartarlo del mecanismo racional y solidario del habla común, como el que propugnara el llorado Habermas. Están en otra cosa. Y buena parte del conservadurismo clásico y las izquierdas no se enteran.

La gravedad del asunto es mayor desde que esa tendencia, muy preocupante, se dinamiza hasta el paroxismo con Trump, Netanyahu y sus cruzados. Han convertido el mundo en un mosaico de conflictos. No se trata de evaluar si es peor la política de EE. UU., Rusia o China. Es algo más cercano. El otro día trataba de explicar a mi hijo cómo estaba el mundo, hasta que me interrumpió y me dijo: “Sí, todo eso lo entiendo, pero ¿puede llegar a Alicante un misil de Irán?”. Con bravura adolescente lo preguntaba como curiosidad más que como cálculo de riesgo. Pero ese amor a la verdad concreta es lo que, capilarmente, circula por nuestra sociedad. No siempre aflora, no siempre es percibido por sus dirigentes -que más que dirigir, esperan para ir detrás del temor-. Pero la dislocación es tan rápida que apenas si queda tiempo para establecer nuevos códigos de explicación y prevención. Lo que queda es espacio. Esa es la cuestión.

Fukuyama, en mala hora, escribió aquello del “fin de la Historia” y luego lo corrigió con un libro mucho mejor. Pero ahora podría volver a empezar, aunque desde supuestos distintos: los buenos de aquella baladronada son ahora los esperpénticos reyes del tecnoliberalismo salvador, o de cosas similares que no sabemos cómo calificar. Pero el hecho cierto es que la Historia está en fuerte declive como disciplina explicativa. Como disciplina predictiva soy bastante más escéptico: eso de que quien no sabe la Historia está condenado a repetirla siempre me ha parecido un prejuicio interesado, una mixtificación sin confirmación histórica. El hecho es que el atropello de principios que habíamos consensuado que eran la culminación de procesos de largo alcance, no sólo destruye nuestra confianza y nuestra esperanza, sino que altera, como vida en país de arenas movedizas, nuestros relatos del pasado. Y este es un problema pues los líderes mundiales -quizá con la excepción de China y el Papa- no tienen una visión de futuro en el que su acción actual sea determinante y “buena”. Quizá les quede un ultranacionalismo de circunstancias, pero privado de cualquier heroísmo. Y hacer política democrática sin Historia es muy difícil. La memoria histórica, me apresuro a decir, no es un sucedáneo válido.

El hueco que deja la Historia lo ocupa la geografía. Espacios hasta hace poco pintados de blanco-enigma, se llenan ahora de multitudes. Espacios habitados quiméricamente por dragones, ahora burbujean de dragones ciertos, de drones y cañones, de aviones y portaviones. Nos asaltan nuevos nombres, descubrimos otras conexiones, nos agobian necesidades de energía o la existencia de metales de los que nunca escuchamos hablar. Esos espacios, en el sombrío lenguaje de Trump, se confunden con “civilizaciones”. Porque a las civilizaciones no se las bombardea. Se destruye a las tierras o aguas existentes donde antaño hubo civilizaciones. Las personas, no es preciso decirlo, no forman parte de la Historia ni de lo civilizatorio: para el Imperio de la locura o para el sionismo de la barbarie, las personas se han transferido, como números estadísticos, a la geografía. No nos da tiempo a aprender tan rápido. Desfiladeros o acantilados, desiertos y estrechos, desafían nuestra capacidad de comprensión. No tenemos palabras. Nos queda el miedo y la nostalgia. Con esto tendrá que lidiar la UE y las democracias que, como tales, aún tienen un fuerte sentido de lo histórico -quizá porque antes muchas fueron potencias coloniales, que el que esté libre de culpa…-.

En estas que me asalta un ejemplo tan pintoresco como estupendo. El Rey llamado inadecuadamente emérito, ha estado por aquí viendo una corrida de toros, en un gran gesto de apoyo a las esencias que, sin duda, le granjeará grandes simpatías entre lo más moderno de nuestro mundo. Pero luego, creo, se ha vuelto allá lejos. Entra y sale de la Historia, como culo de mal asiento que siempre fue, y se adentra en la geografía distinta y distante. Y volverá a Francia, a recibir un Premio por unas memorias que nadie puede creer que él haya escrito, con la de ocupaciones que tiene. Debe ser cosa de Madame Debray, hija de revolucionario de fama y avatar de monarca terminal. Bien, très bien. Siempre nos quedará París y todo eso. El Premio se lo dan en la Asamblea Nacional, que tiene como gran antecedente haber votado por la amputación de la cabeza de un rey en un gesto algo brusco pero que cambió la Historia de la humanidad. La sede se llama “Palais Bourbon”, Palacio Borbón. Todo encaja. ¡Qué maravilla! Estaremos atentos. Es cierto que Juan Carlos se ha convertido en el principal enemigo de la Corona, institución constitucional. Pero va a ser cosa de ver. No le tengamos rencor.

Y en estas que la derecha se empeña en resintonizar con la Historia más plana y rescatar al honorífico de su destierro y traerlo de regreso a la Historia patria y al territorio patrio. La cuestión tiene algún problema, dejando aparte, incluso, ese feo y vulgar asunto del pago de impuestos. Para volver de un destierro -la familia Borbón sabe de eso cantidad- hay que estar desterrado. Y no es el caso. Que se lo pregunten a su hijo o a la plebeya de su nuera.

Hechas estas aclaraciones debo indicar que soy un firme partidario del regreso del cuerpo del monarca, con bastón y todo. Porque, digo yo, que alguna vez le alcanzará “el hecho biológico”, que le ocurrió, incluso, al mismo Franco. ¿Imagina usted que la cosa le pasa allá por Ormuz o en las mil y una noches? ¿Imagina usted la paliza mediática que nos iban a infligir los medios de la derecha cristiano-vetónica? ¿Imagina usted la de esquelas, réquiems, funerales miles y lágrimas en dana perpetua? Todo eso se dilataría en el tiempo si viene de lejos y tensaría el ambiente si a cada frase se recordara que fue la rojería -y su hijo- quienes no quisieron que aquí se le administraran los santos sacramentos y la bendición apostólica de su santidad -no se si en donde vive vamos bien de misioneros-. El día que toque llevar al Escorial, esa obra magnífica de sus enemigos, los Austrias, va a ser larguísimo. Pienso ponerme delante de la tele con varias cervezas y apurar el bucle histórico.

Y, luego, hala, al pudridero, según costumbre. Corro a consultar la hemeroteca del ABC -por el rigor de ir a las mejores fuentes especializadas- y aclara que no existe un tiempo fijado para la estancia, pero que se calcula entre 25 y 40 años, lo que tampoco es que nos reconcilie con una realidad histórica. Juan Carlos ya sería pura geografía. Historia fue, pero se empeñó en romper el libro y el honor. Veremos cómo estamos para entonces, pero lo del pudridero puede ser una metáfora inigualable.

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