Poner límites
Este artículo no nació de una reunión con mis amigas, sino justamente de una cita que nunca se produjo porque la cara oscura se vio antes que la clara. Luego hubo reunión con mis amigas, pero no empezó de aquello.
Todo empieza a veces así. En una conversación que no deberías de haber abierto, pero lo hiciste. En una cena planificada con semanas de antelación. En la espera. En el preguntar si al final os veis. En los planes, que se han solapado los que se iban a hacer contigo. Y tú le dices que, de alguna manera, eso te lo podría haber dicho y no esperar a que se lo preguntaras. De alguna forma, tras muchos años de no verlo, admitiste que tu tiempo también importaba. Y la rabia y la ira de esa persona que parecía normal y sincera, se ciernen sobre ti.
Y entonces pasa. La conversación gira. Se tensa. Se deforma.
Empieza a decirte que él no te ha mentido. Que en ningún momento te ha mentido. Que no entiende por qué le estás acusando de algo así. Lo repite varias veces, como si la insistencia pudiera convertir una idea en verdad. Y tú te quedas un poco descolocado, porque en ningún momento has dicho que te haya mentido. Solo has señalado algo mucho más simple: que no tu tiempo también importa y que se debe de tener en cuenta.
Pero él sigue. La rueda no para y llegas al: ¿tiene sentido seguir con algo que todavía ni se ha empezado y ya está completamente perdido?
Se enrosca en esa idea como si fuera el eje del problema. Como si todo dependiera de demostrar su inocencia en un juicio que nadie ha abierto. Y en ese giro extraño, casi coreografiado, pasas de ser alguien que expresa una incomodidad a alguien que parece estar atacando. Te coloca ahí, sin preguntarte, sin escucharte, sin intentar entender. Que tiene ganas de conocerte, dice, pero que esas red flags no las puede permitir.
Y de repente, sin darte cuenta, te ves pidiendo perdón. Por el tono. Por el momento. Por haber dicho algo. Porque no se entendió lo que querías decir.
Hay algo revelador en esos momentos. No tanto en lo que el otro dice, sino en lo que tú empiezas a permitir. En lo rápido que dudas de tu propia percepción. En lo fácil que es pensar que quizá sí, que igual has exagerado. Que no era para tanto. Que podrías haberte callado y quedar el domingo, como proponía, un ratito corto, y pasar todo el fin de semana esperando porque eso suponía cancelar todos tus planes.
Pero no. No era eso. Era otra cosa. Era esa sensación incómoda, pero muy clara, de que alguien no está dispuesto a hacerse cargo de lo mínimo. De que prefiere defenderse de algo que no has dicho antes que escuchar lo que sí has sentido. De que convierte una conversación sencilla en un campo de batalla donde solo hay un objetivo: no quedar mal.
Y ahí, justo ahí, aparece algo que no siempre sabemos reconocer a tiempo: el límite. No ese límite dramático, de película, de gran gesto final. Sino el límite pequeño, silencioso, casi elegante. El que no necesita explicarse demasiado. El que simplemente decide no seguir. Porque a veces poner límites no es decir mucho. Es dejar de contestar. Es no entrar en ese bucle. Es entender que no todo el mundo merece acceso a tu tiempo, a tu paciencia o a tu capacidad de comprender.
Esa noche no hubo cena. No hubo segunda oportunidad. No pedí perdón por algo que no había hecho. No hubo intento de reconducir nada. Hubo un mensaje breve, un silencio después y, finalmente, un bloqueo tras las múltiples insistencias de hacerme entender que había hecho algo mal. Fue de las primeras veces que me reconocí en los límites. Y desde un tren a Valencia, cerré algo que estaba destinado a morir antes de empezar.
Luego hubo cena. Desconocidos y conocidos. La noche de Valencia y mi amiga B., haciéndome reír hasta caerme. Las fiestas y el baile, hasta que se hizo de día. El dolor de pies. No hay moraleja. O sí: siempre preferid a vuestras amigas. Ellas salvan.
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