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Entre cosmos, amigas y libros: pasa la vida

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02.04.2026

Entre cosmos, amigas y libros: pasa la vida.

El otro día estaba en una barra de un bar con Marta, un Cosmopolitan es su punto perfecto de frío y dos libros sobre la mesa que solo se abrieron para tratar de plasmar nuestras firmas en lo que eran nuestras novelas. Siempre que veáis a dos personas que han escrito un libro en una mesa tomando algo, seguramente, estén firmándose. ¿Hay una declaración de amor más bonita que querer el libro de alguien a quien admiras, quieres y respetas firmado?

Hablábamos de lo de siempre: de gente que aparece y desaparece, de trabajos que no terminan de llenarnos, del futuro y del presente y de ese cansancio raro que no se quita durmiendo. Del amor, del desamor y de todo lo que vino por uno y otro y de lo que vendrá, claro. Y yo me di cuenta de que entre cosmos, amigas y libros se me va pasando la vida.

No sentí esa prisa que a veces he tenido por todo. Más bien sentí algo parecido a la calma. A una certeza pequeña, casi silenciosa.

Porque mientras Marta firmaba mi libro con una dedicatoria que probablemente releeré más veces de las que admitiré, pensé que quizá la vida no se nos está escapando entre los dedos… quizá está pasando exactamente ahí.

En esa barra. En ese Cosmopolitan en su punto perfecto. En esa conversación que no intenta ser trascendental, pero lo acaba siendo. En esa conocida que termina siendo amiga.

Si uno presta atención, la vida casi siempre ocurre en los márgenes. En los ratos tontos que se alargan. En los planes que no prometían nada y acaban dejándote algo

Si uno presta atención, la vida casi siempre ocurre en los márgenes. En los ratos tontos que se alargan. En los planes que no prometían nada y acaban dejándote algo

Nos han enseñado a pensar que la vida ocurre en los grandes hitos: en el trabajo soñado, en la pareja definitiva, en la casa perfecta. Como si todo lo demás fueran salas de espera. Pero lo cierto es que, si uno presta atención, la vida casi siempre ocurre en los márgenes. En los ratos tontos que se alargan. En los planes que no prometían nada y acaban dejándote algo. Como decía Dorian Corey: todo el mundo quiere dejar su marca, su huella en el mundo. Pero has dejado huella si has logrado salir adelante y unas pocas personas recuerdan tu nombre. Entonces has dejado huella.

Marta levantó la vista del libro y me dijo: «Al final, lo importante es con quién estás mientras todo pasa». Y ahí estaba todo. No en el futuro que nos preocupa ni en el pasado que analizamos, sino en ese presente que casi nunca sabemos valorar mientras lo estamos viviendo.

Quizá por eso el amor también está cambiando. Ya no lo buscamos solo en alguien que llegue a revolucionarlo todo, sino en quienes ya están. En esas personas que te ven crecer sin hacer ruido, que celebran contigo lo pequeño, que sostienen las conversaciones que no tienen final. En esos vínculos que no necesitan prometer nada para significarlo todo.

Entre cosmos, amigas y libros, la vida no se me estaba escapando. Se me estaba quedando. Se estaba acumulando en forma de recuerdos que no hacen ruido, pero que construyen algo mucho más sólido que cualquier plan perfecto. Y entendí que quizá no hace falta vivir más deprisa ni mejor. Que no hace falta tenerlo todo claro.

A veces basta con levantar la vista, mirar alrededor y darse cuenta de que, en medio de esa aparente rutina, ya hay mucho de lo que algún día echaremos de menos.

Y me pregunté si la vida no será precisamente esto: no lo que esperamos que llegue, sino lo que ya está pasando mientras brindamos por todo lo demás.

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