¿Los novios de mis amigos son mis amigos?
¿Los novios de mis amigos son mis amigos?
El otro día estaba tomando una cerveza con mis amigas cuando llegó el novio de una de ellas. No era la primera vez que lo veía, pero sí la primera vez que coincidíamos sin la sensación de estar en una especie de presentación oficial. Esta vez se sentó, pedimos otra ronda y, en cuestión de veinte minutos, estábamos hablando de música, de viajes y de lo caro que se ha puesto todo desde que el mundo decidió que crecer era pagar suscripciones.
En algún momento de la conversación me sorprendí a mí mismo riéndome con él como si lo conociera de más tiempo del que realmente llevaba en nuestras vidas. Y entonces pensé algo que nunca me había planteado con claridad: ¿los novios de nuestros amigos también acaban siendo nuestros amigos?
Es una cuestión curiosa, porque cuando alguien empieza a salir con un amigo tuyo entra automáticamente en una zona gris del mapa social. No es un desconocido, pero tampoco es tu amigo del todo. Es una especie de satélite que orbita alrededor de la persona que realmente te une a esa situación.
Al principio todo pasa por ese filtro. Las conversaciones, los planes, incluso el sentido del humor. No sabes muy bien hasta dónde puedes bromear, ni cuánto puedes contar, ni si ese comentario que harías con total libertad delante de tu amigo va a generar un silencio incómodo al otro lado de la mesa.
Supongo que por eso los novios de nuestros amigos pasan por una especie de casting silencioso. Nadie lo admite abiertamente, pero todos evaluamos cosas: si escucha, si trata bien a la persona que queremos, si sabe reírse de sí mismo o si tiene esa capacidad tan escasa de no monopolizar la conversación. Es un examen que nadie sabe que está haciendo, pero que todo el mundo aprueba o suspende sin darse cuenta. Luego están los turras, los que parecen adoptados del grupo y algunos que te encantaría que no se hubieran conocido porque sabes que, de alguna manera, la resaca será mucho peor que la propia fiesta y otros directamente desaparecen sin casi conocerlos.
Sin embargo, cuando pasan el filtro, ocurre algo curioso. Dejan de ser “el novio de” para convertirse en alguien que forma parte del grupo. Empiezan a aparecer en los chats, en las cenas, en las bromas internas que antes no tenían sentido para ellos. Se integran con esa naturalidad extraña con la que alguien que hace seis meses no existía en tu vida de repente pasa a estar, aunque sea de vez en cuando porque los momentos íntimos deben de seguir existiendo con tus amigos y de no ser así, quizá haya un problema de estructura en la pareja.
Pero también existe el otro lado de la historia. Porque todos hemos vivido que una relación se termine y, de pronto, el ecosistema social se reorganice. Hay veces que das las gracias por recuperar tu vida sin esa persona, pero a veces ese chico o esa chica con quien habías acabado desarrollando cierta complicidad desaparece del radar como si hubiera sido una visita larga que por fin se marcha. Y nadie sabe muy bien si se le puede seguir escribiendo o si hay que fingir que no lo conoces.
Ahí es cuando te das cuenta de que las relaciones de pareja tienen algo de fenómeno meteorológico dentro de los grupos de amigos. Llegan, cambian el clima y, a veces, cuando se van, dejan una especie de vacío raro que nadie sabe muy bien cómo llenar.
Quizá por eso siempre me ha parecido que los novios de nuestros amigos viven en un territorio frágil. Que querer acaparar nuestra atención durante los meses de paz no hará que la amistad se mantenga en la posguerra y que a veces, entre las cenizas, los que no hicieron ruido, reaparecen y ven como los pesados ya no están. Estos perfiles pueden acabar siendo parte de tu vida o simplemente un capítulo breve dentro de la historia de otra persona. Depende de la química, del tiempo y de algo que no se puede forzar: la sensación de que esa persona también te elegiría como amigo, aunque tu amigo desapareciera de la ecuación. Pasa poco, la compatibilidad es dificilísima, pero pasa.
Y ahí es donde está la verdadera pregunta. Porque una cosa es que alguien sea el novio de tu amigo. Y otra muy distinta es que, sin darte cuenta, acabe siendo también un poco amigo tuyo.
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