Se acabó lo que se daba
El amanecer, este en la playa de El Pinet, es una de las fotografías más populares durante el verano. / Deltell
Hay un momento del año en que uno empieza a sospechar que el verano se está acabando. No lo anuncia el calendario, porque el calendario es un señor muy serio que va a lo suyo y no entiende de estas cosas. Tampoco lo anuncia el hombre del tiempo, que seguirá diciendo que mañana hará calor con la misma solemnidad con la que un notario lee la escritura de una hipoteca. El verdadero anuncio llega cuando algún insensato pronuncia la frase maldita: -Bueno… habrá que ir pensando en volver. Y ahí empieza el drama.
Porque el verano, como las visitas que se quedan demasiado tiempo en casa, tiene una curiosa capacidad para convencerte de que todavía puede quedarse un poco más. Uno se pasa julio completamente «despendolado» pensando que queda todo agosto por delante y, cuando quiere darse cuenta, agosto está haciendo las maletas y septiembre espera en la puerta con cara de funcionario a las ocho de la mañana.
El problema es que durante el verano hemos adquirido una serie de costumbres incompatibles con la civilización. Nos hemos acostumbrado a levantarnos sin saber exactamente qué día es, a desayunar tarde, a comer más tarde, a cenar cuando ya debería estar cerrado el restaurante y a acostarnos a una hora en la que las personas sensatas llevan varias horas durmiendo y, ahora, así sin avisar y con premeditación pretenden que volvamos a levantarnos con despertador, ¡por el amor hermoso!, esto no es una vuelta a la normalidad, es una agresión en toda regla.
El despertador, después de dos meses de vacaciones, se convierte en un instrumento de tortura. Suena a las seis y veinte de la mañana y uno lo mira con la misma expresión que tendría si encontrara a un cobrador del frac sentado a los pies de la cama. ¿Qué quieres?, que te levantes, ¿para qué?, para ir a trabajar, ¿y quién ha........
