El día internacional de la diversión en el trabajo |
Una mujer, en su puesto de trabajo, en una imagen de archivo. / Europa Press
En el vasto calendario de efemérides internacionales que ha sido creado por el más grande (que es el tipo que elige cuáles hay que celebrar y nada menos que de forma internacional), en el que conviven jornadas dedicadas a la croqueta, al emoji sonriente y al orgullo del calcetín desparejado, hay una fecha que, sin hacer demasiado ruido, así como el que no quiere la cosa, se ha ido ganando un hueco en el corazón y en el horario laboral de millones de trabajadores: el 1 de abril, día internacional de la diversión en el trabajo, una celebración que, como muchas buenas ideas, como son los Stickers para Granitos o las Botellas de Agua Virales nació en Estados Unidos en 1996, probablemente entre una reunión interminable y una máquina de café rota. La iniciativa fue impulsada por una empresa llamada Playfair, que, según cuentan, decidió que, si la gente iba a pasar ocho horas diarias en la oficina, al menos podía hacerlo sin parecer permanentemente en un velatorio. La propuesta era sencilla pero revolucionaria: introducir el humor en el entorno laboral sin que el departamento de Recursos Humanos entrara en pánico, ni que tuviera que repartirse entre sus miembros botellas de Pasiflorine.
Como ocurre con todas las buenas ideas que refieren al ámbito laboral, como el teletrabajo o las macetitas con un cactus en las mesas, tardó un tiempo en cruzar el Atlántico. De esta forma, llegó a España oficialmente en 2008, cuando los impulsores de la organización Humor Positivo decidieron recordarnos algo que ya sabíamos, pero habíamos olvidado convenientemente: trabajar con cara de lunes perpetuo no aumenta la productividad. Desde entonces, empresas grandes, pequeñas y medianamente confundidas han intentado incorporar la diversión a sus dinámicas diarias, con resultados que van desde lo entrañable hasta lo francamente inquietante.
Porque sí, la teoría es impecable, pues diversos estudios -y también el sentido común, que a veces aparece sin avisar- indican que el humor reduce el estrés, mejora la motivación y estimula la creatividad, sin embargo, la práctica es otra historia, y vaya si lo es. El problema de institucionalizar la diversión es que deja de ser espontánea y motivadora, en el momento en que alguien envía un correo con el asunto: «¡Celebramos la diversión este jueves, jupyyy!», acompañado de tres signos de exclamación y un emoticono dudoso que nadie entiende que significa, algo dentro de nosotros se encoge ligeramente, como cuando sufres un retortijón y piensas aquello de: «¿Qué necesidad hay? ¡Señor, llévame pronto!». Pues eso de que a la voz de Ar, vamos todos a divertirnos sí o sí, da más miedo que meterse uno solo en el foso del terror o bañarse por la noche en el mar después de ver la película de Tiburón.
Y es que si analizamos cuáles son las propuestas e iniciativas que se utilizan habitualmente en estas actividades, es que a uno le entra un vahído y un desconcierto entre la risa floja y un ataque de nervios, pues destacan entre otras las sesiones de papiroflexia, los concursos de corbatas horteras o los murales con fotos de empleados cuando eran jóvenes o bebes, yo creo que las ha ideado el mismo que elige lo que hay que celebrar internacionalmente o algún pariente suyo muy cercano.
Qué quieren que les diga, lo de las competiciones de corbatas horteras tiene un tocao que pà qué, pues reviste el mérito de convertir una prenda ya de por sí bastante cuestionable en un espectáculo visual sin parangón. En algunos casos, los participantes se entregan tanto que uno empieza a sospechar que esa corbata con flamencos fosforescentes no ha sido comprada para la ocasión, sino que forma parte de su armario habitual, y lo de la papiroflexia, para que decirles, suele comenzar con entusiasmo y terminar en la mayoría de los casos con un grupo de adultos frustrados intentando recordar cómo se hacía un avión de papel sin consultar tutoriales.
Pero más allá de estas iniciativas puntuales, que según mi opinión son muy mejorables, el mensaje de fondo del día internacional de la diversión en el trabajo es claro: el buen humor no debería ser un evento anual, sino una constante, porque, seamos sinceros, un jueves de risas no compensa un año de reuniones que podrían haber sido sustituidas por un email. La diversión en el trabajo no consiste únicamente en disfrazarse o participar en dinámicas colectivas ligeramente incómodas, tiene más que ver con crear un ambiente en el que las personas puedan ser ellas mismas sin miedo a parecer poco profesionales y donde una broma no se interprete como una falta de seriedad, donde reírse no sea visto como una pérdida de tiempo, sino como una inversión en salud mental. Porque sí, el humor es terapéutico, nos permite relativizar los problemas, rebajar tensiones y, en ocasiones, sobrevivir a situaciones que de otro modo serían insoportables, como esa reunión que empieza a las nueve y termina cuando ya has olvidado por qué estabas allí ni quien eres, y en ese contexto, una carcajada puede ser más eficaz que cualquier manual de productividad, pues sin ella puede que acabes tocándote el lóbulo de la oreja constantemente sin que te pique ni tengas ningún tic, simplemente para evitar mandar a alguien a donde bramó la toñina.
Especial atención tiene uno de los grandes retos de esta jornada, que es la implicación de los cargos directivos, eso es lo más grande y a la vez lo más peligroso, porque no es lo mismo reírse con el jefe que del jefe, y esa línea, como sabemos, es peligrosamente fina. Hay líderes que entienden perfectamente el valor del humor y participan activamente en las celebraciones, de esta forma, se ponen la corbata hortera, hacen el avión de papel y hasta se dejan fotografiar en su versión bebé. Son esos jefes que generan respeto… y un poco de desconcierto. Luego están los que intentan sumarse pero no terminan de encontrar el tono, que son aquellos que suelen hacer bromas en momentos inapropiados o utilizar expresiones como «vamos a pasarlo bien, equipo» con una intensidad que provoca más tensión que alegría y que uno piensa para si: «¡Qué por nadie pase!». Esto no puede acabar bien de ninguna de las maneras. Y finalmente, está el jefe que observa todo desde la distancia, con una sonrisa enigmática, preguntándose en qué momento se le fue de las manos aquello de «mejorar el clima laboral».
El día internacional de la diversión en el trabajo es, en esencia, una excusa maravillosa para recordar algo fundamental: trabajar no debería ser sinónimo de sufrir. Pasamos una parte enorme de nuestra vida en el entorno laboral, y convertirlo en un espacio más humano, más ligero y más llevadero no es un lujo, sino una necesidad. Pero la clave no está en concentrar toda la alegría en un solo día, como si fuera una especie de carnaval corporativo, la verdadera transformación ocurre cuando el humor se integra en la cultura diaria: en la forma de comunicarse, de liderar, de colaborar. Porque al final, la productividad no depende solo de objetivos y métricas, sino también de cómo nos sentimos mientras los perseguimos, y si en el camino podemos reírnos un poco -aunque sea de nuestras propias corbatas horteras-, quizá el trabajo deje de ser solo trabajo y empiece a parecerse, aunque sea ligeramente, a algo que merece la pena.
Por ello, Elche, que es una ciudad emprendedora, industrial y trabajadora con diversos sectores productivos donde las jornadas de trabajo son duras y complejas, en las que se combina el trabajo manual y el intelectual como instrumentos imprescindibles para alcanzar el éxito comercial y con ello el desarrollo económico del que disfruta nuestra ciudad, resulta muy conveniente y necesario implementar mecanismos que fomenten el bienestar y el desarrollo personal de los trabajadores, que de suyo, supondrán un aumento de la productividad de las empresas y con ello, del rendimiento económico de las mismas.
Como dijo Aristóteles, «encontrar placer en el trabajo hace que sumemos perfección al mismo».
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