¿Y tú para que dices nada?

Un edificio en construcción en Elche, en una imagen reciente. / Áxel Álvarez

«Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente».

Mi madre, que era muy lista y se sabía lo que llevaba entre manos, como lo son todas las madres, siempre me dijo aquello de: «Si no estas seguro de lo que vas a decir, mejor no digas nada» y este es un consejo que he interiorizado en mi vida, por lo que en muchas ocasiones prefiero escuchar y no hablar, máxime cuando el tema a tratar se me escapa por desconocimiento, me supera por ignorancia o me es indiferente por irrelevante. Para estas ocasiones, que son más frecuentes que las que ustedes se pueden imaginar, prefiero poner caras, como la de «¿pero que me estas contando, prima?» o la de «¡perdona, pero creo que me confundes con alguien a quien le interesa lo que estas diciendo!» o la que uso muy a menudo, que es la misma que ponen las vacas cuando ven pasar un tren.

Y es que eso de hablar por hablar y aparentar que uno sabe de lo que dice es algo que se estila en estos tiempos, como lo de llevar gafas del tamaño de un televisor o pantalones tobilleros, vivimos una época donde la información corre como si fuera el Correcaminos y donde la exactitud y veracidad de aquello que se dice, se rumorea o se rumia es indiferente y carece de importancia. Lo que es imprescindible para ser o creerse alguien verdaderamente Trendsetter, Influencer, Taste-maker o listo de cojones es tener y dar tu opinión, da igual, tú habla, aunque no tengas ni la más remota idea del asunto del que se trate y lo que digas pueda ser exacto, relativo o simplemente inexistente, lo importante es que se note que uno está puesto y no de sustancias extrañas, sino de conocimientos.

Cuando conectas la televisión o la radio, diariamente aparecen contertulios que saben de todo, son Enciclopedias Espasa con vida propia, o como un roto, que siempre está disponible para un descosido: da igual el tema que se trate, ellos son expertos en todas las áreas del conocimiento universal y tienen su opinión fundada, saben de historia, geopolítica, de ganchillo, de alta cocina, de bajas pasiones, de coches, de virus, de lo que comen los marsupiales o de alta costura, da igual el tema que se trate, en ellos habita la sabiduría, son la reencarnación en la tierra de Thot, de Atenea, de Ganesha o de Minerva e imbuidos por un afán pedagógico emiten sus opiniones, aunque no nos importen, ¡faltaría más! ¿Qué sería de nosotros sin los opinadores? Simplemente seres abocados al abismo, a la oscuridad y al desconocimiento, simples Golems o Autómatas de Hefesto, por eso, yo que de suyo soy un ignorante supino, no me pierdo ni una sola de esas tertulias y siempre hago caso a los consejos de Belén Esteban y de Terelu sobre cómo afrontar los paradigmas de la materia oscura, de las reflexiones de Inda sobre como cultivar adecuadamente los rábanos o de las opiniones de Carmen Porter sobre la centralidad política del programa ideológico de Vox.

Pero no se crean que esto solo pasa en los medios de comunicación, qué va, nuestra sociedad esta impregnada de este ansia viva por opinar y hacer ver que se sabe de todo y si no que se lo digan a mi vecina Vicenta, que el otro día en la escalera me hizo partícipe con pelos y señales de su opinión sobre la existencia de agua en la luna a la vez que refería que a las bajocas no hay que hervirlas en demasía que si no se hacen blandas. ¡Qué por nadie pase! Tras cuarenta minutos de escucha, tuve que simular un amago de embolia para poder entrar en mi casa.

Evidentemente, este afán opinador también afecta a la clase política, cómo no, y además está muy extendido, desde el ámbito internacional hasta el local y, si no, mira a Trump, que le da igual decir lo uno y lo contrario a la vez, confundir la localización geográfica de un país colocándolo en otro continente o destrozar los protocolos diplomáticos avergonzando a los líderes mundiales a los que invita en la Casa Blanca, que, según dijo en uno de sus discursos, algunos de ellos hacen cola para «besarle el culo». Yo imagino a los primeros ministros cuando su secretario les dice: «Nos ha llegado una invitación del presidente Trump para que le visite usted en la Casa Blanca». «¡Vamos hombre, no jodas! ¡En el Dulcísimo Nombre! Discúlpate diciendo que no puedo ir que tengo una inflamación en las almorranas que no me puedo ni sentar o que estoy a punto de colarla, lo que sea, antes de ir, que ese es capaz de ponerme cara a la pared o hacerme escribir en Arameo cien veces: ‘No volveré nunca jamás a no hacer caso a lo que me diga el señor Trump’».

Y es que política, opinión y proposición son términos que juntos son más peligrosos que jugar al tenis con una granada de mano, porque a veces te pueden jugar una mala pasada, como ocurrió la semana pasada a nivel municipal, donde la oposición imbuida en su afán propositivo y ejerciendo sus funciones constitucionales creyó haber encontrado un filón donde poder arrearle al Gobierno municipal y, tras realizar las comprobaciones oportunas (según el resultado final parece ser que consultaron con el conserje o con el que repone el toner en la fotocopiadora), procedieron a anunciar en redes su intención de presentar una moción para exigir al Gobierno municipal la construcción de vivienda pública en un solar concreto, pero, cuando vienen mal dadas, la vida es muy perra y, ya puestos en faena, han tenido que recular tras comprobarse que dicho solar hace más de un año que fue vendido a particulares, situación esta que, en un primer momento, parece ser que desconocía hasta el propio alcalde, que impetuosamente y a lo loco, así, sin pensar, quiso salir al paso de esta iniciativa echándole la culpa de la falta de vivienda, del hambre en el mundo y del resultado entre el Celta y el Alavés a Pedro Sánchez, cómo no, pero que luego, según información aparecida en medios de prensa, tanto él como el equipo de gobierno presuntamente sí lo sabían pero no lo podían decir porque supuestamente había terceros implicados, ¡venga va, compro pulpo como animal de compañía! Al final de todo este trejemaneje, ni iniciativa, ni construcción de vivienda pública ni nada de nada, al final descalificativos para unos y para otros y las gallinas las mismas, las que entran por las que salen.

Si a esta situación le quitamos la falta de rigor a la hora de confirmar los datos antes de hacer ninguna propuesta y su falta de fundamentación, la precipitación e improvisación para rebatirla y la falta de sensatez para justificar toda esta actuación, ¿qué nos queda? Como diría Antonio Resines, un esperpento como los de toda la vida. ¿Y el curruco?

Por eso, los que saben de esto siempre aconsejan que, antes de hablar, pensemos en lo que vamos a decir y ello siempre que sepamos a ciencia cierta de lo que vamos a hablar y, si dudamos en alguna de las partes del proceso, mejor callarse, que pase el agua y a otra cosa mariposa, que siempre vendrán tiempos mejores y oportunidades de lucirnos, tanto para proponer como para rebatir. Y mientras tanto, yo ya me he planchado la vesta, me he comprado unos calcetines para estrenarlos el Domingo de Ramos y me he agenciado una mona en la panadería de la esquina, que Semana Santa es una vez al año y hay que disfrutarla, y ya saben, cuando alguien le diga aquello de «¿y tú qué opinas o qué propones?», hagan como yo, pongan la misma cara que ponen las vacas cuando ven pasar el tren y recuerden aquello que dijo Xenócrates: «Me he arrepentido muchas veces de haber hablado; jamás de haber callado».

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