Una legislatura agotada
Sánchez explica el objetivo del Gobierno en materia de desigualdad
Sánchez explica el objetivo del Gobierno en materia de desigualdad / Europa Press
La derrota parlamentaria del Gobierno de la semana pasada no puede considerarse una mera anécdota. No existe ya una mayoría que permita un Gobierno que pueda realizar una labor que responda a un programa mínimamente establecido. No es nuevo, ni lo ha sido en una legislatura en la que todo ha girado alrededor de pactos que no han respondido a un proyecto identificable, sino a la necesidad de mantenerse a costa de la propia imagen de un partido, el PSOE, que está pagando las consecuencias de su pérdida de identidad.
En este camino ha padecido este partido, pero a la vez toda una izquierda que no ha sabido romper sus lazos con el poder a cambio, muchas veces, de perderse en contradicciones que la han hecho aparecer como comparsa del presidente. Discursos no acompañados de soluciones que, para presentarse como algo distinto, están en el origen de los graves problemas reales, no inventados que nos afectan como sociedad.
Un país no puede funcionar sin una ley de presupuestos. Esta ley impone que determinadas acciones vengan fijadas en la misma y sin la cual no se puede avanzar. El sistema parlamentario es opuesto a un Ejecutivo que prescinda del Congreso que es quien representa a los ciudadanos. Tampoco puede funcionar con Decretos leyes, pensados para situaciones de urgencia, no ordinarias, que deben ser convalidados por el Congreso en un plazo breve o decaen.
Y este país lleva ya tres años gobernado de forma incompatible con el sistema parlamentario democrático, acercándose mucho a los modos de países autoritarios en los que el Ejecutivo prescinde del parlamento. Se ha podido en muchas ocasiones ir jugando con el sistema mediante acuerdos que han estado en la base del rechazo de una ciudadanía que no ha entendido esa alta política de supervivencia que pone en el lugar más destacado la permanencia en el poder y que se basa en actuar contra la palabra dada y en una resistencia que no es virtud, sino soberbia.
El resultado de esa conjunción imposible de intereses, independentistas que se cualifican como progresistas por serlo y variopintas coaliciones de progresistas nada homogéneos en sus aspiraciones, ha sido que los problemas más acuciantes para la sociedad se han agravado y no parece que tengan una respuesta inmediata y eficaz.
El fracaso más visible es la vivienda. La aplicación de las soluciones del llamado progresismo se ha traducido en un fracaso que se evidencia en subidas de precios en la compraventa y en el alquiler. Y los remedios adoptados no sirven, por mucho que se vendan desde la ética y la solidaridad que el estado ha derivado a los particulares asumiendo un papel de pasividad que está en la base de su impotencia. La ideología no es útil cuando no es aplicable y genera efectos contrarios a lo que se predica.
(I-D) El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; y la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero; durante una sesión plenaria, en el Congreso de los Diputados, a 26 de febrero de 2026, en Madrid (España). / Jesús Hellín - Europa Press
El Gobierno lo es para los cincuenta millones de españoles, no para los compatibilizados sesenta mil vulnerables que viven en viviendas que no pagan y cuyo coste se repercute en los propietarios, la inmensa mayoría particulares. Gobernar solo para esos es, sobre todo, fácil y aparente. Hacerlo para todos, sin olvidar por supuestos a los más necesitados, es complejo y requiere de lo que falta a este Gobierno que lo hace más desde estrategias, que de soluciones.
La Justicia es un caos. Un juicio por despido, que debería ser inmediato, hoy se señala para dentro de dos o tres años.
Bien está subir el SMI, pero el problema es que los salarios, todos, son bajos, muy bajos y que estado no renuncia a sus ingresos que se elevan a casi el cuarenta por ciento de lo que paga el empresario y que bien podría ser destinado a elevar el sueldo.
La Universidad pública padece un problema serio de falta de financiación. La solución ofrecida es prohibir la privada, su auge, que es consecuencia de la situación de la pública. Igual sucede en la sanidad. Prohibir es rentable como imagen, pero no es la respuesta, sino afrontar la situación y financiar lo público. Si lo público no funciona lo privado crece. De pura lógica.
No ha sido éste un buen Gobierno; tal vez no podía serlo al depender de tantos y de tantos intereses contrapuestos. Pero, cuando ello sucede hay soluciones más positivas: desde los pactos entre grandes formaciones eludiendo un frentismo absurdo, a no gobernar si se actúa desde la responsabilidad.
Ha habido avances, pero el coste de muchos de ellos o la forma de hacerlo, no aseguran su mantenimiento. Cuando se gobierna desde la inseguridad y la venta de concesiones a cambio de apoyos, las grietas se abren por otras paredes. Y por esas grietas ha entrado el agua y no se pueden tapar cuando la solidaridad no se extiende a una clase media empobrecida que es cada vez mayor y que es tratada como lo que ya no es. Ese es el error mayor de un gobierno que no ha sabido o podido. Y que debería abandonar y dejar paso a quien los ciudadanos decidan.
De no hacerse así, lo que queda de legislatura estará subordinado a las estrategias que se elaboren para alterar una opinión pública que hoy no favorece al gobierno. Un año, en las actuales condiciones que atraviesa el mundo, que no podemos permitirnos y que no podemos enfrentar subordinando la política a los cortos intereses de cada cual.
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