Plante en Moncloa

Pedro Sánchez, durante su comparecencia después del Consejo de Ministros extraordinario. / José Luis Roca

En este nuevo camino hacia la perfección única y mientras se desarrolla la herramienta bautizada como «Hodio», aquella dirigida a identificar y señalar a los que se niegan a aceptar la verdad proclamada, el Edén en la tierra, la virtud hecha forma, la mentira se ha vuelto a erigir en norma de costumbre y configurada como un instrumento identificativo de quien la sostiene como norma.

El viernes, el Consejo de Ministros se convirtió en un escenario y vodevil, continuación de un guion ya elevado a costumbre y regla en el que, sin esfuerzo representativo por haber calado el personaje en los actores, se expone lo que se sabe ficción, imposible fuera del teatro aunque éste no venda sus localidades y se vaya quedando vacío: la prórroga de los alquileres y la prohibición de subir la renta, ya rechazada antes por activa y pasiva en el Congreso.

Lo de SUMAR es puro esperpento. Como lo es un plante a Sánchez -que no lo perdonará-, para impulsar un decreto cuya vida será tan efímera (treinta días), como la de sus promotores y que se vierte con la naturalidad y displicencia propia de quien sabe que lo esencial es venderla, con absoluta conciencia de que todo quedará en el papel. Basta para ser algo, aunque el producto solo sirva para eso y seguir en la brecha que tiene una contraprestación inmediata. No debe olvidarse este pequeño dato.

La parroquia que ha elevado el tono y la admiración por tan elemental ópera bufa debe haber caído en ese trance que supone anteponer la virtud a la realidad, aunque seguramente, esa parroquia fiel, tendrá en su mayoría una vivienda o no le preocupará la certeza de la pobreza cuando la misma requiere de realidades y eficacia, no de palabras, aunque remuevan el ímpetu guerrero y revolucionario propio de quien se lo puede permitir.

Qué gran victoria para el juego de identidades que les permitirá, aunque con pocas posibilidades, seguir en la política unos meses a juzgar por los resultados que se empeñan en decir lo contrario y que se imputan, ordinariamente, a la escasa lucidez del electorado, a su empeño en vivir en el error. Ser algo es lo esencial, aunque también lo es, entre otras muchas, elevar a la condición de certeza lo que es falso a sabiendas, vender como heroico lo que es fracaso contrastado, aparecer como héroe por defender principios que dañan en sus resultados, pero que benefician a sus actores. Un decreto inútil, que carece de eficacia real es la expresión suprema del populismo. No es que sean adolescentes convencidos de ideales propios de esa etapa -ya son mayores-, sino profesionales de la estafa, pues estafar es engañar con conocimiento de ello y con plena convicción de que muchos los apoyarán creyendo que lo correcto es vender eslóganes. Lo difícil es ofrecer soluciones válidas, pero requiere esfuerzo y trabajo. Pero eso es precisamente lo que se necesita y se demanda por la sociedad.

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz. / Alejandro Martínez Vélez - Europa Press

Y Pedro Sánchez, a la suya. Sabe que lo aprobado es un imposible, pero se presta a un juego que no es serio, porque no lo es activar el Poder Legislativo para que éste rechace, una vez más, sus productos caducados. Eso sí, la guerra le ha proporcionado un nuevo argumento para no presentar los presupuestos. Demos las gracias, pues, ya que el presidente decidió hace tiempo gobernar al margen del Congreso, del sistema parlamentario y hacerlo de modo similar al modelo de los regímenes autoritarios. No se puede si no hay una mayoría suficiente. Aquí y en cualquier país democrático. Y no pasa nada, no se cae el mundo si se convocan elecciones y decide el pueblo. Es lo normal. No hagamos un drama de los principios que rigen en una democracia.

Un plante en el consejo de ministros para imponer un decreto mediático es la última de las ocurrencias en un país necesitado de soluciones. Una huelga de la mitad o tres cuartos de un gobierno que no duda en ridiculizarse con melodramas propios de la farándula; un mercado semanal consecuencia de carecer de un plan preestablecido y reconocible. Y, en fin, el empeño de gobernar contra media España cuando el mundo exige consenso y unidad. Vienen tiempos duros que no pueden enfrentarse sino con el acuerdo entre todos. Y eso es incompatible con un Sánchez que nadie conoce, que carece de identidad reconocible, que compra y vende en función de sus objetivos desde la arrogancia y que, como diría Anguita, no tiene legitimidad de ejercicio, aunque la tuviera de origen, porque actúa contra todas las promesas que hizo y no se ata a la palabra dada. Votar cada cuatro años a no se sabe qué no es democracia real.

SUMAR hizo el ridículo, pero Sánchez ofreció la medida de su capacidad de someter a sus intereses lo que no puede ser sometido. Aunque solo sea por la triste imagen de un gobierno que ni siquiera cumple con el deber de guardar el secreto de sus deliberaciones y que hace públicas no solo éstas, sino también, sus desavenencias.

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