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No a la guerra. O sí, depende

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09.03.2026

EEUU usa por primera vez misiles de precisión de largo alcance en la guerra contra Irán

1946. La ONU acuerda que España no ingrese en esta organización y pide la retirada de los embajadores de nuestro país. Quedamos aislados. El régimen de Franco llama a la población a manifestarse. El lema: "Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos DOS". No necesitamos a nadie. Pero el régimen sigue negociando porque formar parte del concierto internacional es irrenunciable. Y en 1953 autoriza a EE UU la instalación de cuatro bases militares en nuestro territorio. En 1955 ingresamos en la ONU.

1982. OTAN no, bases fuera. 1986. OTAN, de entrada NO. Ahí queda.

2003. Zapatero se opone a la guerra de Irak. No se levanta al paso de la bandera americana en un desfile. Gana las elecciones de 2004. España retira sus tropas de Irak en una decisión coherente con la postura del nuevo presidente del Gobierno. Se crea el lema "No a la guerra" que vive aún en el imaginario colectivo. Pero, a la vez, España mantiene hasta 2021 sus tropas en Afganistán entrando con ello en una contradicción que hacía perder valor a una consigna que no se llevó hasta sus últimas consecuencias. Y en 2006, Zapatero ordena desplegar tropas en el Líbano, que se mantienen en la actualidad.

2022. Tras la invasión de Ucrania por Rusia e incluso antes, cuando este último invadió Crimea, España participa en la guerra no sólo con aportaciones de fondos, sino también con tropas y efectivos aéreos situados en el Báltico.

2026. Es detenido Maduro en Venezuela. Sánchez mantuvo cierta ambigüedad, aunque exigió el respeto al derecho internacional días más tarde. Zapatero, por el contrario, en 2011, mostró su plena satisfacción por la muerte de Bin Laden en Pakistán por parte del ejército americano.

2026. Guerra de Irán. Todo se ha sucedido tan rápido y transparente, que es imposible no apreciar el valor nulo de la palabra, el uso del no a la guerra a efectos internos y la falta de respeto a la ciudadanía que merece ser tratada con menos displicencia.

"No a la guerra" es el resumen de nuestra política afirma el presidente un día, lema que, traducido, solo puede significar un rechazo absoluto a la guerra y a cualquier participación activa, en el modo que sea. Ningún país europeo se ha mostrado a favor o ensalzado a EE.UU- por su ataque a Irán. No a la guerra, expresado en términos absolutos, es hacerlo a todo acto militar. No a la guerra es limitarse a una plena neutralidad.

Al día siguiente, España envía una fragata de guerra a Chipre y anuncia el envío de más buques de transporte; a la vez salen aviones americanos de la base de Rota que paran en Sicilia o Alemania como estrategia y siguen su recorrido hasta Irán.

Bombardeos sobre la capital iraní, Teherán, este viernes. / ATTA KENARE / AFP

Nuestros efectivos, evidentemente, no van cargados de flores, sino armados como corresponde a una fragata y dispararán si es necesario o serán disparados. Estamos instalados de lleno en la zona de conflicto, en el golfo, al cual la guerra se ha extendido. Estamos en una guerra, pero no estamos porque decimos "no a la guerra". Estamos allí, pero sin estar porque vivimos en el mundo feliz de la consigna que adormece la voluntad y el deseo y lo somete al esperpento.

A la vez, cada país europeo ha adoptado una posición distinta, similar en parte o no a la española, pero coincidente en general. Francia permite el uso de sus bases por EE UU para apoyar la defensa de sus socios. Italia para fines no bélicos, pero analizará en el futuro si se le solicita previa consulta a su Parlamento. Es decir, ningún país europeo va a intervenir en el ataque y en general se han manifestado en contra de la agresión contraria al derecho internacional. Pero solo España, Sánchez, haciendo lo mismo que los demás, ha elevado el tono haciéndose notar; solo Sánchez ha aireado consignas para el mercado interior sin más valor que lo hecho por el resto de países de nuestro continente faltando inmediatamente a la palabra dada. La respuesta es que el “no a la guerra” es, en realidad, "no a Trump", que se ha convertido, dada la semejanza entre ambos, en su mejor aliado.

Hay algo más. Si se hace lo mismo, esta postura carente de eficacia, pero cargada de apariencia ética, lleva ínsita una descalificación de los aliados que debe afectarles en su consideración. Querer patrocinar una imagen de líder del pacifismo cuando se actúa como los demás, genera rechazo en los posiblemente ofendidos. Cada vez que pueden, estos últimos, prescinden de nuestro país. Es humano.

Estamos donde nos corresponde estar. Es lo cierto. No vamos a atacar a un país contra el derecho internacional, pero tampoco somos neutrales. La pregunta es, pues, para qué Sánchez organiza el espectáculo que puede llevarnos a asumir riesgos frente a EE UU que todos paguemos, aunque interese a quien lo protagoniza a costa de lo que sea. Si fuera cierto, si fuera verdad el "No a la guerra" se podría asumir por el valor superior de lo dicho, por expresar una postura que sería éticamente respetable, aunque no fuera lo mejor para nuestros intereses; pero sin serlo, el precio es impagable. Porque es, sencillamente, una mentira desnuda de valor. Utilizar una guerra en la cual estamos con fines electorales, despreciando los efectos de la misma y anteponiendo otros, produce un sentimiento de rechazo profundo.

Sánchez, lo que descalifica sus palabras, desprecia la legalidad interna a la vez que reivindica la internacional y demuestra que su lema no a la guerra es un ardid. No acude a solicitar autorización al Congreso para el envío de efectivos a la guerra que rechaza por temor a que la izquierda le deniegue esa autorización y le apoye la derecha. Su discurso y los objetivos perseguidos se verían frustrados. Su "no a la guerra" aparecería en todo su esplendor y se le volvería en contra. Tanta hipocresía y falta de respeto es excesiva.

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