Funerales

La muerte ha sido venerada por lo que significa en sí misma, el final de la vida. Muchas culturas la han engrandecido pensando que no era el final sino el principio, la puerta de la eternidad.

Si soñáramos con la vida eterna, tal y como prometen tantas religiones, lo obvio sería que estuviéramos deseando palmarla para pasar a mejor vida, porque para lo que hay que ver en esta más nos valdría diñarla y pasar página.

Pero el puñetero instinto de supervivencia nos mantiene con vida por más que fantaseemos con marcharnos a la idílica eternidad, impidiendo que hagamos alguna tontería.

Los funerales representan otra de las grandes puestas en escena de todas las sociedades, donde se despliegan grandes medios para camuflar la muerte. El fallecido es acicalado como si se fuera de fiesta, vestido con sus mejores galas y recompuesto como si todavía estuviera en el mundo de los vivos.

La teatralidad funeraria continúa mediante conversaciones informales alrededor del difunto, charlando desenfadadamente de lo humano y lo divino, contando chistes, preguntándose unos a otros por sus vidas después de tanto tiempo sin verse, ajenos a las andanzas del que yace, distanciándose del acto de la muerte, intentando no penar más de lo necesario.

El acto funerario ha ido evolucionando con los tiempos y hemos pasado de velar al muerto en su propio domicilio a hacerlo en las modernas instalaciones de los tanatorios, donde todo es más aséptico, menos personalizado, más anónimo y el sufrimiento se diluye con espacios más amables.

Las antiguas plañideras que lloraban desconsoladamente al difunto vestidas de riguroso negro, habían pasado a la historia por innecesarias, ya que cada finado habría de contar con suficientes familiares entregados al llanto por su marcha.

Pero la cruda realidad es bien diferente, porque según parece no todos los que sucumben cuentan en su haber con suficientes llorones y las familias que andan listas contratan a las plañideras de vanguardia, unos actores profesionales que se forman para llorar a los muertos de los demás a cambio de suculentas pagas que los ayudarán a subsistir en este mundo desquiciado.

Los nuevos gemebundos de academia se visten para la ocasión y corren al acontecimiento mortuorio como quien se va de copas. Está visto que nos gusta aparentar en la vida y en la muerte. Las sociedades siguen siendo promotoras de pasiones, aunque sean embotelladas.

Las plañideras de farándula, aunque actúan en muy pocas ocasiones, tienen el cielo ganado y, sobre todo, la soldada, solamente por el hecho fehaciente de saber cómo llorar las desgracias. Hay que reconocer humildemente que en este mundo de locos nunca dejaremos de sorprendernos, porque el que no pierde el norte acaba perdiendo la vergüenza.

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