Ricofóbicos

Amancio Ortega, su hija Sandra, Rafael del Pino y Juan Roig, los más ricos de España

Amancio Ortega, su hija Sandra, Rafael del Pino y Juan Roig, los más ricos de España / Europa Press

Tengo entre mis conocidos bastantes aporofóbicos, de esos que sienten aversión o rechazo a los pobres, pero muchos menos, aunque alguno hay, que sufra ricofobia. O como se diga.

Me extraña que se pueda sentir repelús por los más desfavorecidos, cosa diferente es no querer formar parte de sus huestes. Sin embargo, existen gentes que ser pobre lo deben considerar como una enfermedad altamente contagiosa, y piensan que si se rozan con la pobreza van de cabeza al lazareto. O les desaparecerá el dinero de sus cuentas corrientes y tendrán que pedir en la calle para comer.

De los ricos no suele decirse nada, aunque también hay algunos que molestan lo suyo. Paseando por el Madrid burgués de toda la vida, y la zona la conozco muy bien, te das cuenta de la invasión. No son los ricos de toda la vida: discretos y elegantes ellos y bien vestidas, pero sin alardes, ellas. Les han desplazado, Castellana a la derecha dirección Chamartín hasta El Corte Inglés de Goya, Serrano arriba y abajo, ricos de los exhibicionistas, exiliados norte y centro americanos, mujeres escandalosas con ropa cara pero hortera. Los que hacen humedecerse a la presidenta de Madrid, orgullosa de atraer a emigrantes que no vienen en pateras a buscarse un lugar donde prosperar. Enhorabuena: ya han colonizado la zona.

Son los y las que hablan a voz en grito en restaurantes que antes eran un oasis de paz a media voz, que se sientan en las terrazas o en las azoteas de moda y entablan conversaciones para que todo el mundo se entere de lo ricos que son, la suerte que Madrid tiene de que estén allí haciendo gasto y lo mal que trabajan las mucamas y las chicas que cuidan a sus hijos, procedentes del mismo rincón del mapa, pero humildes y menesterosas. Me recuerdan siempre la frase de la ministra pepera que reconocía que el mejor rato del día era cuando por la mañana veía cómo vestían a sus hijos.

Debo reconocerles que, con ejemplares así, me surge de dentro una ricofobia incontrolada, incluso asesina. En las grandes ciudades españolas estamos sufriendo una triple invasión: las periferias por emigrantes de clase trabajadora, los centros burgueses por emigrantes caros y el centro monumental por turistas de diferentes pelajes: de mochileros en chanclas a chinos de viaje organizado. Todos igual de escandalosos y molestos.

En algún momento del pasado la educación y los buenos modales se fueron «p’al carajo». Curiosamente hay mucho más silencio en un vagón de metro en hora punta, en el que la mayoría de sus ocupantes vienen reventados de trabajar o concentrados en sus mil problemas diarios, que en uno de esos «rooftops» de moda, donde tratas de tomarte un gintonic esperando el anochecer rojizo sobre el paisaje de tejados con música de Haendel, y te encuentras con una bandada de cotorras exhibiendo bisutería.

Ricofóbicos / David Zorrakino / EP

No sé, ni me importa, si este artículo me está quedando clasista o cascarrabias. Lo cierto es que me trae al pairo, me he ganado escribir lo que pienso. Creo yo. Es verdad que la tolerancia no es mi fuerte y me ponen de los nervios conductas que, a lo mejor, no son para tanto. Pero cuando tanto se pone el foco en los emigrantes (pobres), no está mal colocar ante el espejo a los otros emigrantes (ricos).

Se pasan la vida los antimigras vociferando que los emigrantes no siguen las costumbres españolas de toda la vida y que no se integran. ¿Las costumbres españolas de siempre? ¿De los tiempos de Chindasvinto, de la Dictadura de Primo o de Franco, de los Reyes Católicos, de Galdós, de la Santa Inquisición, de cuando España fue árabe ocho siglos? Quieren decir, supongo, de cuando España estaba poblada por individuos de piel más o menos blanquita tirando a oscurita, derechos feudales, misa dominical católica, apostólica y romana, la mujer la pata quebrada y en casa y el marido a sus quehaceres, los conocidos y los subterráneos. Dama, dama, de alta cuna, de baja cama. Esposa de su señor, mujer por un vividor.

Pero claro, les molestan los que no se integran y, como son pobres, hacen su fiesta en el parque los domingos, no los que tampoco se integran pero son miembros de un club privado y allí sólo molestan a los socios antiguos. Me da a mí que este pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, de lo que han convencido a quienes efectivamente corrían mejor suerte antaño e incluso a los que son antepasados de siervos de la gleba, es una fantasía. Unos por convicción y los otros por emulación, añoran lo que nunca jamás sucedió. Sería genial que hubiese máquinas del tiempo para mandar a algún medievalista de estos al siglo XV. Se iba a enterar de lo que era la España de toda la vida.

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