Complicidad culpable

Carlos Baño a su salida de Comisaría. / José Navarro

Suelo pensar que alrededor de los villanos pulula una pléyade de cómplices taimados, sin cuyo peloteo y silencio culpable los malos caerían antes y sembrarían menos semillas del mal. Los que ríen las gracias, lamen botas (o lo que sea) y disimulan las atrocidades son tan culpables como el culpable absoluto, por más que se aparten de la escena del crimen cuando llega la policía.

Esta semana no voy a escribir del detenido e imputado presidente de la Cámara de Comercio de Alicante, ya la justicia le colocará en el lugar que le corresponde, sino de sus alrededores. Gentes pertenecientes a empresas que deberían velar por su buena reputación, porque no hay nada peor para la cuenta de negocios que una mala imagen provocada por unir su destino a quien no deben. Un activo tóxico, como es el caso, contamina todo lo que tiene alrededor. No creo que a una empresa puntera le gustara, ni un poquito, que ligaran su nombre a un escándalo de proporciones aún desconocidas. ¿O hay que empezar a dar nombres?

Las alegres comadres de Windsor que jalean sus salidas de tono y sus exabruptos contra todo aquel que le cae mal al chico, tienen una culpabilidad compartida. Todo aquel que está a su lado y no es capaz de reprenderle, reconducirle, aconsejarle que se aparte o directamente dimitir si no hace caso, es reo por acción o por omisión de los delitos por los que pueda ser condenado.

Dentro de unos meses habrá elecciones en la Cámara y es responsabilidad de los empresarios saber si quieren que se mantenga una institución centenaria o se hunde para siempre en el pozo de lo irrelevante. ¿Que nadie quiere ser presidente ahora mismo? Por supuesto. Es evidente que no está la Verónica para tafetanes y que una institución en ruina, económica y moral, no seduce a nadie con dos dedos de frente. Pero, por compromiso con la provincia, alguien debe soportar la carga, que no es liviana.

Cuando hablo de complicidad culpable no me refiero solo al grupo de afines que comparten el festín, también a los que miran desde la distancia y tienen la obligación de poner coto a los dislates. Y hablo directamente al presidente de la Generalitat: Juanfran Pérez Llorca.

Pérez Llorca / INFORMACIÓN

La Cámara no es una asociación particular, es una entidad de derecho público tutelada por el Consell, que puede, y debe, intervenir antes de que se reelija a un presidente imputado por graves delitos económicos. El perdón de los pecados en la urna bautismal de las elecciones es una falacia, en la política y en el asociacionismo empresarial. Los delitos no van a desaparecer porque el susodicho gane unas elecciones en ausencia de rivales y el presidente de la Generalitat -sí, él personalmente- estará retardando lo inevitable y arrastrando a la institución al fondo del mar con un bloque de hormigón en los pies.

Ah, y no vale decir que se respeta la presunción de inocencia y las elecciones libres, que esto no va de eso. De dónde se marque la línea roja dependen muchas cosas, especialmente para una Cámara que, ahora, vive en más de un ochenta por ciento -quizá más, yo diría que más- de fondos públicos. ¿Se va a seguir poniendo dinero en una institución cuyo máximo responsable puede ser reelegido mientras está siendo investigado por la Fiscalía Anticorrupción por delitos tan graves como estafa, apropiación indebida, falsedad documental, malversación y fraude de subvenciones? Es para hacérselo mirar.

No hacer es, en estas circunstancias, tan irresponsable como encomendarse a la providencia, aplazar el asunto y que salga el sol por Antequera. Y, repito por si no ha quedado claro: el que tiene el poder es el presidente de la Generalitat que, en cómo resuelva estas y otras cuestiones, se juega ser el candidato. Por múltiples razones no lo tiene fácil y sería una tontería, en mi humilde opinión, jugársela a esta carta que ni siquiera es suya, es de la baraja de su antecesor, el “hermano” Mazón.

Mi querido Pedro López acuñó para su empresa, Chocolates Valor, la expresión “placer culpable”. Puede haber algo de eso en comerse un par de onzas con naranja o caramelo o en respaldar a un Voldemort acorralado por Harry Potter, pero, reconozcámoslo, es un minuto en el paladar y toda la vida en las caderas. No compensa. Vamos, creo yo.

La Cámara fue un portaaviones de las instituciones económicas alicantinas. Respetada y escuchada por la sociedad y el poder, útil para los empresarios que querían exportar o los estudiantes en busca de formación empresarial, oráculo en los estudios y las previsiones económicas. Lo fue, sin duda, y los empresarios alicantinos tienen la responsabilidad de que lo vuelva a ser.

O no. Y si no la quieren o no la necesitan, que la dinamiten, pero que no la dejen en manos de un imputado por delitos económicos, que los edificios en ruinas se caen cuando menos se espera y aplastan a incautos e inocentes.

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